Lost in Random: The Eternal Die | Análisis (PC)

(8/10) – ALTAMENTE RECOMENDADO

Cuando supe que Lost in Random tendría una secuela, mi reacción fue una mezcla de entusiasmo y cautela. El juego original me había ganado con su estética burtoniana, su historia melancólica con toques de cuento oscuro y un sistema de combate poco convencional pero intrigante. Así que enterarme de que The Eternal Die adoptaría el formato de roguelike me dejó perplejo. ¿Cómo se traslada un universo que brillaba por su narrativa y su diseño de niveles lineal a una fórmula donde la repetición y la aleatoriedad mandan? Para mi sorpresa, Stormteller Games no solo encontró una respuesta, sino que la ejecutó con bastante maestría… aunque no sin tropiezos.

Gracias a Stormteller Games y Thunderful Publishing por el código para prensa usado en la realización de este análisis.

En The Eternal Die no controlamos a Even ni exploramos más sobre la entrañable relación con su dado, sino que tomamos el papel de la mismísima Reina Aleksandra, la villana del juego anterior. El giro es interesante: pasamos de enfrentarla a convertirnos en ella, lo cual plantea preguntas inmediatas sobre redención, contexto y motivaciones. Lamentablemente, muchas de esas preguntas quedan flotando en el aire, especialmente para quienes no jugaron el primer título. La introducción narrativa es tan apresurada y fragmentaria que cualquier intento de engancharse emocionalmente con Aleksandra se diluye antes de que pueda cuajar.

Pero si algo compensa esa debilidad narrativa es la solidez de su jugabilidad. The Eternal Die toma lo esencial del género roguelike —exploración por habitaciones generadas proceduralmente, progresión por mejoras, muerte como reinicio— y lo mezcla con los elementos característicos del universo Random: dados, cartas y un combate estilizado. La perspectiva isométrica ayuda mucho en este cambio de enfoque, haciendo que el caos del campo de batalla se sienta manejable y visualmente legible.

Lo que realmente marca la diferencia en el combate es la combinación de herramientas a tu disposición. Tienes armas principales (espadas, martillos, arcos, lanzas), cada una con sus propias animaciones y estilos de ataque; cartas especiales que se activan acumulando energía con tus golpes; y a Fortuna, el dado vivo, que puede lanzarse para generar ataques o activar efectos aleatorios. A simple vista parece una combinación caótica, pero una vez empiezas a entender las sinergias entre estas tres herramientas, el sistema cobra vida.

Ese ritmo de combate es uno de los mayores logros del juego. Los enemigos pueden parecer carne de cañón al inicio, pero las cosas escalan con rapidez. Cada sala plantea nuevas configuraciones, con trampas ambientales, monstruos que lanzan proyectiles, enemigos de élite con patrones complejos, y jefes que fácilmente podrían ser el final de un run si no estás preparado. Hay un esfuerzo genuino en hacer que cada encuentro requiera atención, reflejos y planificación, incluso cuando ciertas mecánicas —como el sistema de cartas— podrían estar más afinadas.

La progresión entre runs es adictiva. Las monedas que recolectas te permiten mejorar tus armas en la Forja del Santuario, mientras que el Polvo de Pipa se usa para obtener bendiciones permanentes. Además, las reliquias que recoges en cada partida afectan drásticamente tu build. Las hay que aumentan tu daño si tu dado cae en número par, otras que te curan si matas enemigos con ataques cargados, y otras más situacionales. Estas mejoras se colocan en un tablero de colores, y si logras alinear colores compatibles, obtienes bonus adicionales. Suena complejo, pero se explica mejor con una partida que con un tutorial.

Sin embargo, esa capa estratégica no llega tan lejos como uno quisiera. El sistema de reliquias, aunque prometedor, acaba siendo más decorativo que decisivo una vez aprendes qué combinaciones funcionan mejor. Las decisiones que parecen fundamentales al principio de tu aventura se vuelven automáticas después de varias horas. El juego permite experimentar, sí, pero rara vez castiga o premia por completo esas decisiones, lo que le quita peso a la gestión entre partidas.

Visualmente, el juego sigue siendo una delicia. La estética a lo Tim Burton sigue viva y coleando: criaturas deformes, arquitectura torcida, paletas sombrías con toques brillantes y ese diseño gótico que consigue mezclar lo siniestro con lo entrañable. El salto al formato roguelike no afectó su identidad visual, y si algo, la enriqueció. Las arenas de combate están bien diferenciadas y cada bioma tiene personalidad. Hay una especie de romanticismo macabro que atraviesa cada rincón del mapa.

También ayuda el excelente diseño de sonido. El doblaje es sobresaliente —especialmente para los PNJ más excéntricos— y las composiciones musicales se ajustan al tono de cada situación, ya sea una batalla frenética o un momento de exploración introspectiva. Incluso los efectos de sonido del dado al caer, o el impacto de los ataques, están bien trabajados, reforzando esa sensación táctil que a veces se pierde en este tipo de juegos.

Pero volvamos a la historia. Para quienes disfrutamos del tono narrativo de Lost in Random, este es quizá el punto más amargo. The Eternal Die tiene momentos narrativos aquí y allá —alguna conversación perdida, recuerdos fragmentados, encuentros con viejos conocidos— pero todo parece estar ahí como referencia más que como sustancia. Para los recién llegados, el juego no se toma la molestia de explicar el contexto, y para los veteranos, simplemente no ofrece suficiente profundidad emocional. Es un desperdicio, porque el mundo de Random tenía espacio para más.

Curiosamente, esta ausencia narrativa no arruina la experiencia. Sí, deja un sabor a oportunidad perdida, pero el núcleo jugable es lo bastante sólido como para sostener al juego por sí solo. Los cuatro biomas ofrecen suficientes desafíos, combinaciones y enemigos como para mantenerte pegado al mouse y teclado durante horas. Y lo mejor: nunca sientes que una partida es una pérdida de tiempo. Siempre hay algo que desbloquear, mejorar o probar.

La dificultad es otro aspecto bien calibrado. No es tan demoledor como otros roguelikes, pero tampoco te lleva de la mano. Hay margen para la experimentación sin que el juego te castigue excesivamente, y eso hace que The Eternal Die sea una puerta de entrada ideal al género para jugadores menos curtidos. Al mismo tiempo, quienes busquen un reto encontrarán suficiente carnaza en las fases avanzadas y los jefes mejor diseñados.

Eso sí, la repetición empieza a notarse tras varias horas. Las salas, aunque variadas, no son infinitas, y los tipos de enemigos se reciclan con frecuencia. La aleatoriedad del dado —un concepto central— no termina de impactar tanto como debería. En muchos casos, sus efectos se sienten anecdóticos, más como adorno que como parte vital de la estrategia. Hay espacio para mejorar esta mecánica, sobre todo si la saga continúa por este camino.

Y claro, están los problemas técnicos. No son graves, pero existen. Algunas desconexiones, errores en la acumulación de oro, momentos en los que el dado atraviesa enemigos sin hacer efecto… Nada que rompa el juego, pero sí lo suficiente para recordarte que aún hay trabajo por hacer en cuanto a pulido. Por suerte, Stormteller Games ha demostrado ser receptivo y ha ido corrigiendo varios bugs tras el lanzamiento.

CONCLUSIÓN

Lost in Random: The Eternal Die está disponible en PC a través de Steam, PlayStation 5, Xbox Series X|S y Nintendo Switch 1|2. Puedes ver el tráiler a continuación.