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Castlevania: Belmont’s Curse

Castlevania: Belmont’s Curse

Regresar a una franquicia legendaria después de una década de silencio siempre produce cierta desconfianza, especialmente cuando la industria se inundó de sucesores espirituales que perfeccionaron la fórmula del Metroidvania. Sin embargo, tras quemar varias decenas de horas en la versión para PC de Castlevania: Belmont’s Curse, puedo asegurarles que la colaboración entre Konami y el estudio Evil Empire fue uno de los aciertos más grandes de los últimos años. Esta entrega nos sitúa en un París de 1499 consumido por el fuego y acosado por ordalías demoníacas, donde asumimos el control de Rose Belmont, la joven e inexperta hija de Trevor Belmont y la sacerdotisa Sypha Belnades. Con una dirección de arte en 2.5D de tonos naranjas vibrantes y contrastes oscuros que parecen sacados de un cómic de terror gótico, el juego entra por los ojos de inmediato. Pero más allá de su fachada técnica e impecable apartado visual, lo que de verdad atrapa y te deja enganchado a la pantalla es cómo reformula el ritmo de la franquicia desde el primer minuto.

Si jugaron al magistral Dead Cells o a su expansión Return to Castlevania, identificarán al instante el sello inconfundible de Evil Empire en la jugabilidad de este título. Olvídense de la clásica evasión invulnerable con rodadas mágicas a la que nos tienen acostumbrados otros juegos del género; aquí el sistema exige una lectura constante del espacio y del patrón de cada monstruo. Rose cuenta con un látigo sagrado que no solo sirve para soltar latigazos a diestra y siniestra, sino para engancharse a enemigos en el aire, abalanzarse hacia ellos en medio de un combo o balancearse por los escenarios como una verdadera acróbata. La inclusión del Escudo de Luz introduce una mecánica de parry o desvío que resulta crucial para devolver proyectiles y abrir la guardia de armaduras vivientes o bestias salvajes. Esta inclinación directa hacia la acción pura y frenética puede hacer sangrar los ojos de los puristas que buscaban un RPG pausado, pero convierte cada cruce de acero en un despliegue de adrenalina salvaje donde los murciélagos estallan en sangre y los demonios se reducen a cenizas.

No obstante, debo ser completamente honesto sobre la forma en que está equilibrada la dificultad del juego, ya que es el punto donde más flaquea la experiencia inicial. El arranque de Belmont’s Curse es despiadado y puede sentirse injusto por las razones equivocadas. Durante los primeros tramos en los canales en ruinas de París, los enemigos ajustan su puntería en tiempo real a tus saltos y esquivas, obligándote a dominar el parry de forma casi obligatoria si no quieres caer a fosos de agua o sierras mecánicas que te devuelven al inicio. Esta decisión de diseño, sumada a una demo que apenas muestra un 5% de las capacidades reales de movimiento, genera un comienzo tosco y frustrante. Lo curioso es que, una vez que avanzas a la segunda mitad del juego y consigues equipamiento de alto nivel, la balanza se inclina hacia el extremo opuesto: con ciertas reliquias avanzadas, la combinación de espada con escudo y hechizos defensivos, te vuelves un tanque casi intocable capaz de destrozar a los jefes finales sin despeinarte. Es un desequilibrio evidente, aunque no arruina la satisfacción general de la aventura.

Una de las mecánicas más frescas e ingeniosas de esta entrega es el sistema de las Cartas Arcanas, heredado por Rose de la magia de su madre. A medida que derrotamos a jefes legendarios como la Muerte, Carmilla, Medusa o figuras inesperadas como Juana de Arco, no solo ganamos habilidades de exploración, sino que atrapamos sus almas en cartas del tarot. Estos Arcanos consumen maná y nos otorgan poderes desbordantes, desde invocar ráfagas de fuego y detener el tiempo al más puro estilo de un anime de acción, hasta petrificar enemigos o aplicar vampirismo para regenerar salud. Lo maravilloso de este sistema no es solo la variedad táctica que aporta a las batallas, sino cómo se integra con la narrativa del juego: Rose entabla conversaciones constantes con estos espíritus atrapados en su baraja, generando un sentido de equipo y camaradería bastante inusual en la saga. Ver a Rose interactuar con monstruos que antes querían arrancarle la cabeza le da un soplo de aire fresco a la historia y compensa la falta de elementos RPG más tradicionales.

A nivel de diseño de mapas, Belmont’s Curse toma una distancia muy clara respecto a gigantes del género como Hollow Knight: Silksong para acercarse mucho más a la estructura ágil y compacta de Metroid Dread. El mapa no es abrumadoramente gigante ni te fuerza a dar vueltas a ciegas golpeando muros al azar durante horas, aunque sí contiene una cantidad brutal de salas secretas, mejoras de estadísticas y hasta los clásicos pollos asados escondidos dentro de las paredes. La exploración requiere una maestría absoluta sobre las habilidades de movilidad de Rose; muchas secciones de plataformas recuerdan la exigencia de un Super Meat Boy, donde debemos encadenar saltos dobles, impulsos aéreos y enganches de látigo mientras esquivamos sierras circulares y fosos de sangre. Recorrer la majestuosa catedral oculta tras un cuadro maldito o resolver el puzle del órgano en la biblioteca del castillo son momentos estelares que recompensan de forma soberbia al jugador curioso que busca completarlo todo al 100%.

En lo relativo a la personalización de combate, el juego nos ofrece siete categorías distintas de armas con varias iteraciones cada una, además de amuletos equipables que aportan pasivas de todo tipo. Aunque se echa de menos la variedad visual de objetos raros que teníamos en los títulos supervisados por Koji Igarashi (ya que aquí los subniveles de las armas solo aumentan el daño base en lugar de cambiar sus propiedades físicas), probar cada tipo de arma es un deleite por la fluidez de sus animaciones. Sin embargo, mi mayor queja en términos de usabilidad —incluso jugando cómodamente en la computadora— es la ausencia de un menú de acceso rápido o rueda para alternar entre los Arcanos y las armas. Si quieres cambiar de hechizo para adaptarte a una fase específica de un jefe, estás obligado a pausar la partida e internarte en los menús. Afortunadamente, en PC la navegación por la interfaz es instantánea y no hay caídas de rendimiento, pero corta un poco el ritmo frenético que el propio sistema de combate intenta construir.

Gráficamente, la versión de PC de Castlevania: Belmont’s Curse es un deleite visual absoluto que aprovecha la iluminación dinámica para resaltar la atmósfera gótica del juego. Los escenarios pictóricos de fondo muestran una París destruida bajo cielos rojizos, montañas de cadáveres estilizados y una arquitectura victoriana llena de detalles meticulosos. Los modelados en 2.5D de los personajes y monstruos se integran con elegancia gracias a una dirección de arte orientada al cómic oscuro que evita que el juego se sienta genérico o anticuado. Correr este título en monitores con altas tasas de refresco permite apreciar la finura en las animaciones de ataque de Rose y la espectacularidad de los efectos visuales cuando desatamos los poderes de los Arcanos. Es, sin temor a equivocarme, uno de los apartados artísticos más sólidos y bien ejecutados de toda la franquicia en las últimas dos décadas.

La banda sonora es un punto que causará división entre los fans más arraigados a las melodías heavy metal y rockeras de las entregas pretéritas. En esta ocasión, la música adopta un tono mucho más pausado, atmosférico y melancólico, acorde a la temática de luto y crecimiento personal que atraviesa la protagonista. Escuchar una versión lenta, elegante y llena de matices de Bloody Tears mientras recorres el Salón Principal te eriza la piel, aunque es verdad que si te llegas a atascar en una zona buscando un camino no explorado, el bucle musical puede resultar un tanto cansino tras media hora de búsqueda. Por el lado del doblaje en inglés, la producción tiró la casa por la ventana reuniendo al elenco de la aclamada serie de animación de Netflix: Abby Trott borda el papel de una Rose llena de dudas pero determinada, JB Blanc aporta toda la contundencia a Trevor Belmont, y la presencia de voces como las de Alejandra Reynoso y Graham McTavish le da una continuidad emotiva sencillamente magistral para los seguidores de la franquicia.

El trasfondo narrativo de Belmont’s Curse se siente sorprendentemente humano para los estándares de un juego de cazadores de monstruos. Rose não es la típica heroína invencible que domina las artes de la cacería desde el segundo uno; es una joven que carga con el peso de ser la hija de un héroe legendario y una de las hechiceras más poderosas de la historia, mientras lleva en la sangre una maldición vinculada a sus propias emociones que amenaza con destruirla. A lo largo del viaje, los esbirros de Drácula la subestiman constantemente llamándola «niña» e incapaz de portar el Vampire Killer. Esta dinámica hace que la evolución de Rose se sienta orgánica y paralela a la del propio jugador: conforme aprendes a dominar el látigo, a sincronizar los desvíos y a encadenar las habilidades de los Arcanos, sientes que Rose se va ganando a pulso su derecho a llevar el apellido Belmont. No es una historia shakesperiana, pero tiene el corazón y la fuerza necesarios para engancharte de principio a fin.

Hablando concretamente de la optimización del juego en nuestra plataforma, el trabajo de Evil Empire merece un aplauso de pie. El juego está sumamente pulido para PC: ofrece soporte nativo para monitores ultra panorámicos, mapeo completo de teclas para teclado y ratón (aunque recomiendo encarecidamente jugar con mando), y una estabilidad de fotogramas por segundo intachable incluso cuando la pantalla se llena de partículas, fuego y decenas de enemigos en combate. Los únicos fallos menores radican en ciertos picos de daño absurdos de algunos enemigos menores durante el primer tercio de la campaña y la ya mencionada pausa obligada para cambiar de habilidades en el menú. Fuera de esos detalles, la experiencia técnica es limpia, fluida y sumamente disfrutable en cualquier configuración de gama media en adelante.

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