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El corazón de la bestia

El corazón de la bestia

A lo largo de su carrera, David Ayer ha dejado muy en claro su fascinación por el mundo militar, las dinámicas de camaradería masculina y la violencia como un filtro para sanar culpas. Tras un recorrido irregular que lo llevó desde la crudeza de Corazones de acero hasta producciones de acción mucho más disparatadas, el director regresa a un espacio que conoce bien con El corazón de la bestia. En esta ocasión, la propuesta reduce la escala del espectáculo habitual para enfocar la cámara en un relato de supervivencia concentrado prácticamente en dos figuras: un veterano de guerra herido y su fiel pastor alemán, atrapados en medio de la naturaleza hostil de Alaska.

La historia arranca mostrando la rutina de James Belmont, un retirado de las Fuerzas Especiales del ejército estadounidense interpretado por Brad Pitt, quien pasa sus días recorriendo parajes montañosos a bordo de su hidroavión. Su único acompañante es Odín, un perro de servicio que compartió misiones con él durante su paso por las Fuerzas Armadas y que ahora sufre secuelas físicas y pesadillas recurrentes. La dinámica entre ambos funciona de inmediato gracias al enorme carisma natural de Pitt y al gran trabajo del canino principal, logrando transmitir esa complicidad sincera entre un hombre solitario y la única criatura que parece entender su aislamiento.

Sin embargo, detrás de esa idílica postal en medio de la nada, la película empieza a revelar sus verdaderas intenciones desde muy temprano. La caminata de casi cien kilómetros que la pareja debe emprender tras un accidente aéreo no se plantea simplemente como un reto de orientación física o resistencia natural, sino como una apología constante al sacrificio de los veteranos. A través de una serie de recuerdos de combate intercalados de manera bastante torpe en el montaje, la cinta insiste en remarcar las virtudes del entrenamiento militar, convirtiendo lo que debió ser un drama de supervivencia en un folleto de reclutamiento institucional empaquetado como entretenimiento familiar.

Esta carga patriótica resulta especialmente evidente en la manera en que el guion aborda el trauma de la guerra. En lugar de explorar con madurez las cicatrices emocionales que deja el conflicto armado en los soldados y en sus propios animales de trabajo, la narrativa prefiere romantizar el dolor. Los recuerdos de combate no aportan nada relevante al desarrollo de la trama ni ayudan a entender mejor a los personajes; están puestos ahí únicamente para recordar al espectador lo duros que son estos hombres y el enorme respeto que la sociedad debería rendirles, culminando en letreros finales que terminan por confirmar la naturaleza propagandística del proyecto.

En el aspecto puramente narrativo, el guion escrito por Cameron Alexander tropieza con una estructura excesivamente repetitiva que desgasta el interés del espectador. La travesía por el bosque se convierte en un ciclo sin fin donde Belmont sufre un contratiempo de salud, sufre caídas aparatosa o padece afecciones cardíacas constantes, para luego ser asistido por su compañero canino, o viceversa. Ver a Pitt tomar aspirinas a cada momento mientras sobrevive a golpes que matarían a cualquiera le resta muchísimo realismo al relato, transformando la desesperación de la caminata en un espectáculo involuntariamente exagerado.

A pesar de las fallas en la escritura, hay decisiones de casting que ayudan a sostener la atención durante el metraje. La breve aparición de J.K. Simmons como un curtido habitante de la zona aporta un respiro ameno y cálido en medio del aislamiento, mientras que la joven Anna Lambe cumple bien en su corta intervención. Aun así, la película pertenece por completo a Pitt, quien demuestra una vez más por qué es una de las mayores estrellas de Hollywood. Su interpretación sabe balancear ese toque lacónico y autosuficiente con momentos de vulnerabilidad abierta ante su mascota, haciendo creíble la devoción que siente por su perro.

Por su parte, el trabajo con el pastor alemán —interpretado principalmente por un can llamado Uber— es de lejos el punto más disfrutable y destacado del largometraje. Ayer demuestra una paciencia enorme al regalarle primeros planos extensos a los ojos y expresiones del animal, capturando reacciones espontáneas que se sienten auténticas y emotivas. Lamentablemente, esa autenticidad canina se ve empañada cuando la historia exige la aparición de otros animales salvajes, recurriendo a efectos digitales bastante evidentes que le quitan peso y peligro real a los enfrentamientos contra osos o jaurías de lobos.

En el apartado visual, la fotografía saca un gran provecho de las locaciones reales, ofreciendo postales espectaculares de la geografía de Alaska que le dan empaque a la producción. El cruce de ríos caudalosos, las tomas aéreas de los bosques infinitos y el diseño de sonido durante los accidentes aportan secuencias de acción logradas con soltura técnica. Es en estos pasajes donde Ayer demuestra de nuevo sus fortalezas tras la cámara, sabiendo cómo filmar el peligro físico con nitidez y fuerza cuando se olvida por un momento de los discursos sentimentales.

El problema principal de la cinta es que no parece tener la valentía suficiente para asumir las consecuencias dramáticas de su propia premisa. A diferencia de las grandes novelas o películas de supervivencia en la naturaleza que no le temen a la crudeza ni a las consecuencias definitivas, el guion de Ayer se cuida en todo momento de no cruzar la línea que pueda incomodar al público masivo. La invulnerabilidad de la mascota roza casi lo superheroico, garantizando que el perro saldrá ileso de cualquier peligro mientras que el personaje humano soporta el castigo físico de forma poco convincente.

En su tramo final, el largometraje aprieta el acelerador en busca de la lágrima fácil, utilizando discursos bastante sermoneadores y pasajes musicalizados con la clara intención de emocionar a la fuerza. El esfuerzo se nota demasiado manipulador, arruinando lo que pudo ser un cierre agridulce y mucho más honesto con la travesía que acabamos de presenciar. La película intenta abarcar tantos frentes al mismo tiempo —entre el drama de acción, la historia de amistad canina y el homenaje institucional— que termina quedándose corta en su intento por convertirse en un clásico duradero.

Al final, El corazón de la bestia se queda como una aventura de supervivencia entretenida pero repleta de aristas y decisiones cuestionables. Se disfruta principalmente por la química real entre Brad Pitt y su compañero de cuatro patas, así como por la belleza de sus paisajes naturales, pero resulta imposible ignorar el tufo propagandístico y los trucos melodramáticos que terminan por lastrar el resultado final. Una propuesta que entretiene a secas, pero que desperdicia una gran premisa a favor de un mensaje patriótico bastante manido.

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