(7/10) – LO QUE EL CINE DE DINOSAURIOS NECESITABA
Lo primero que hay que decir sobre «El final de la Calle Oak» es que David Robert Mitchell no tenía ninguna obligación de hacer esta película. Después de «It Follows», una de las propuestas de terror más originales de la última década, y de «Under the Silver Lake», que dividió opiniones pero al menos tenía una personalidad muy definida, Mitchell podría haberse quedado en el circuito independiente haciendo exactamente el tipo de cine que lo puso en el mapa. En cambio eligió dar el salto a una producción de Warner Bros. con JJ Abrams como productor, un presupuesto grande y una premisa que en papel suena a locura controlada: una familia suburbana de los años 80 amanece un día y descubre que su vecindario fue transportado a la era prehistórica, con dinosaurios hambrientos incluidos. Esa apuesta podría haber salido muy mal, y hay críticos que argumentan que en parte salió mal, pero la realidad es que «El final de la Calle Oak» es una película más interesante, más ambiciosa y más efectiva de lo que su concepto sugiere, aunque también tiene límites reales que vale la pena discutir con honestidad.
La película arranca estableciendo con cuidado a la familia Platt en su mundo de 1982, y ese primer tercio es quizás el más revelador sobre qué tipo de director es Mitchell y qué le interesa realmente de esta historia. Greg y Denise Platt, interpretados por Ewan McGregor y Anne Hathaway, son una pareja en proceso de desintegración silenciosa, de esas donde ambos saben que algo está roto pero ninguno termina de decirlo en voz alta. Greg perdió su trabajo y lo está ocultando repartiendo pizzas en secreto, aferrándose a una imagen de proveedor que ya no puede sostener. Denise escribe en el sótano una novela autobiográfica sobre una mujer que abandona a su familia, que es básicamente la manera más transparente posible de procesar en papel lo que no puede decir en persona. Mitchell toma ese material, que en otras manos podría haberse convertido en un drama familiar genérico, y lo filma con una calidez ligeramente sintética, casi enfermiza, como si la perfección visual del vecindario fuera una mentira que el ojo de la cámara está constantemente a punto de revelar.
La influencia de Amblin es absolutamente evidente y Mitchell no hace ningún esfuerzo por ocultarla, lo cual puede interpretarse de dos maneras dependiendo de quién esté viendo la película. Para algunos, esa deuda estilística con Spielberg, con «E.T.», con «Los Goonies», con «Gremlins», es demasiado obvia y convierte a la película en un ejercicio de nostalgia calculada que no termina de tener vida propia. Esa es una crítica válida. Pero también es verdad que Mitchell no está simplemente copiando la estética de esas películas sino usando esa estética para subvertirla desde adentro, para tomar el lenguaje visual del idilio suburbano americano y llenarlo de una amenaza que no viene de afuera sino que ya estaba ahí antes de que llegara el primer dinosaurio. La música de Michael Giacchino, que suena deliberadamente a John Williams en sus momentos más optimistas antes de virar hacia algo más oscuro, es parte de ese juego, y cuando funciona crea una disonancia genuinamente inquietante entre lo que la película parece prometer y lo que en realidad está dispuesta a hacer.
Los dinosaurios en sí son uno de los elementos más discutidos de la película y merecen un momento de atención específica porque son bastante diferentes de lo que la franquicia de «Jurassic Park» nos acostumbró. Mitchell y su equipo optaron por una versión más antigua y más parecida a aves de estas criaturas, con plumas y movimientos que tienen algo de extrañamente alienígena, y esa decisión tiene consecuencias para el tono de la película. No hay aquí ninguna escena donde un personaje se quede boquiabierto ante la majestuosidad del animal frente a él mientras una banda sonora inspiradora lo acompaña. Eso no existe en esta película. Los dinosaurios de Mitchell son depredadores que buscan comida y nada más, y esa frialdad les da una amenaza más real y menos cinematográfica que la que tiene el T-Rex de Spielberg, aunque también les quita algo del asombro que hace que las buenas películas de dinosaurios sean memorables. Es un trade-off consciente que la película hace y que no todo el público va a encontrar satisfactorio.
Anne Hathaway es la razón principal por la que «El final de la Calle Oak» funciona en sus momentos de mayor tensión, y hay que decirlo claramente porque su trabajo aquí es el tipo de actuación que no pide reconocimiento pero que es absolutamente fundamental para que la película se sostenga. Denise Platt es un personaje con capas que la velocidad de la película no siempre le permite desarrollar completamente, pero Hathaway encuentra la manera de comunicar el resentimiento acumulado, el amor real que coexiste con ese resentimiento y el terror físico de la situación sin que ninguna de esas cosas cancele a las otras. Hay una escena en particular donde Denise usa una escopeta para enfrentarse a un Allosaurus que se ha convertido en uno de los momentos más comentados del verano, y lo que la hace funcionar no es solo el espectáculo de acción sino la expresión específica de Hathaway en ese instante, que dice todo sobre dónde está el personaje sin necesitar una sola línea de diálogo.
Ewan McGregor como Greg tiene una tarea narrativa complicada porque su personaje existe en un estado permanente de negación que podría resultar irritante si el actor no encontrara la manera de hacerlo comprensible. McGregor lo resuelve dándole a Greg una especie de optimismo desesperado que es a la vez su mayor debilidad y lo más humano de él, esa incapacidad de aceptar que las cosas se han salido de control que lo lleva a correr hacia un jardín lleno de dinosaurios armado con un bate de béisbol como si eso fuera a servir para algo. Es ridículo de una manera muy específica y muy reconocible, y McGregor lo ejecuta con la seriedad necesaria para que el ridículo no destruya al personaje. Maisy Stella y Christian Convery como los hijos adolescentes completan una familia donde ninguno de los cuatro miembros está exactamente en el lugar correcto, lo cual es exactamente el punto que Mitchell quiere hacer.
El director de fotografía habitual de Mitchell, Michael Gioulakis, hace un trabajo notable con los espacios de la película, convirtiendo lo que en otra producción serían escenarios genéricos de suburbio americano en lugares que tienen una función narrativa real. Las calles sin salida del vecindario, que en circunstancias normales son simplemente calles sin salida, se convierten en trampas geográficas una vez que los dinosaurios aparecen, y Gioulakis las fotografía de una manera que hace que uno sienta ese agotamiento espacial antes de que la película lo verbalice. El uso de la dioptría dividida, esa técnica donde el primer plano y el fondo están igualmente en foco de manera simultánea, aparece con una frecuencia que inicialmente sorprende pero que tiene sentido dentro de la lógica visual de la película, que constantemente quiere mostrar dos cosas al mismo tiempo porque los personajes constantemente están en dos lugares emocionales al mismo tiempo.
Donde la película tiene sus problemas más concretos es en el balance entre las subtramas de los personajes y el espectáculo de acción, un problema que se vuelve más evidente en el segundo acto. Una vez que los dinosaurios se desatan completamente, la película adopta una estructura de rescate en cadena donde un miembro de la familia Platt tras otro termina en peligro y los demás tienen que ir a buscarlo, y esa repetición crea una cierta monotonía rítmica que el ritmo frenético de la película intenta pero no siempre logra disimular. Los personajes secundarios del vecindario, que en el primer acto parecen tener potencial para añadir textura a la historia, quedan reducidos a víctimas ocasionales o a chistes de fondo una vez que la acción se apodera de la narrativa. El vecino Mel, al que PJ Byrne le da una energía de antagonista de comedia que es genuinamente divertida, desaparece de maneras que la película no termina de aprovechar completamente.
La película es más cruel de lo que su marketing sugiere y eso es uno de sus mayores méritos. Mitchell claramente tomó la decisión de no suavizar las consecuencias de vivir en un vecindario con dinosaurios del Mesozoico, y algunas de las muertes que ocurren en la película son lo suficientemente abruptas e inesperadas como para producir un genuino impacto. Hay una muerte específica al principio que establece con total claridad que esta película no va a seguir las reglas habituales de a quién le pasan cosas malas y a quién no, y esa decisión cambia fundamentalmente la relación del espectador con los eventos siguientes porque uno deja de asumir que ciertos personajes están automáticamente protegidos por su función narrativa. Eso es algo que las películas de acción mainstream rara vez se atreven a hacer y que «El final de la Calle Oak» hace con una frialdad que resulta refrescante.
El final de la Calle Oak no es la mejor película de David Robert Mitchell, y probablemente tampoco sea la película de dinosaurios definitiva que los fans quisieran, pero es una película mucho más inteligente y honesta sobre lo que quiere ser de lo que su concepto podría sugerir. Mitchell tomó un género que parecía agotado, lo llenó de los temas que llevan definiéndolo desde su primer largo, que son básicamente la fragilidad del idilio suburbano y la violencia que vive debajo de la superficie de cualquier comunidad que se cree protegida, y entregó algo que funciona como entretenimiento de verano y como algo más al mismo tiempo. Anne Hathaway confirma que está en uno de los mejores momentos de su carrera, McGregor hace el mejor trabajo que le permite su personaje y la película tiene suficientes momentos de puro cine para justificar la entrada. No es perfecta, tiene tramos donde el ritmo se arrastra y personajes que merecían más tiempo del que reciben, pero es exactamente el tipo de producción original que los multicines necesitan más en este momento.
El final de la Calle Oak llega a los cines el 13 de agosto. Puedes ver el tráiler a continuación.

