La Guerra de los Últimos (The Dog Stars) | Análisis

(6/10) – POR FAVOR RIDLEY SCOTT, NO DEJES DE INTENTAR

La Guerra de los Último llega a los cines en el peor momento posible para una película de estas características, no porque sea un desastre total sino porque el género postapocalíptico está tan saturado que cualquier propuesta que no tenga algo verdaderamente diferente para ofrecer corre el riesgo de desaparecer en el ruido. Series como The Last of Us han elevado el listón de lo que el público espera de estas historias hasta un punto donde ya no basta con el paisaje desolado, el protagonista taciturno y la amenaza de los otros supervivientes. Hay que justificar la existencia de esta historia específica, con estos personajes específicos, en este formato específico. Y La Guerra de los Últimos, la adaptación de la novela de Peter Heller dirigida por Ridley Scott, no siempre logra hacer esa justificación de manera convincente, aunque tampoco es el fracaso rotundo que su fecha de estreno tardía y su campaña de marketing casi inexistente sugerían. Es una película complicada de evaluar precisamente porque tiene elementos genuinamente buenos conviviendo con problemas estructurales que no desaparecen por más que uno quiera ignorarlos.

La historia sigue a Hig, un mecánico y piloto interpretado por Jacob Elordi, que sobrevive junto a su perro Jasper en un aeródromo abandonado de Colorado, compartiendo espacio con Bangley, un exmarine interpretado por Josh Brolin que tiene una visión considerablemente más oscura de cómo funciona la supervivencia. Una pandemia de gripe diezmó a la humanidad alrededor de 2025, y lo que quedó del mundo son grupos dispersos de supervivientes que desconfían unos de otros con razones de sobra. Hig hace vuelos de reconocimiento en una avioneta Cessna para buscar suministros y detectar amenazas, entrega medicamentos a una colonia menonita cercana contra la voluntad de Bangley, y pasa por la casa donde vivió con su esposa embarazada, que murió durante la pandemia. Esa pérdida es el motor emocional de todo lo que hace, y Elordi la carga con una contención que funciona en escenas donde el silencio dice más que cualquier línea de diálogo, aunque también puede sentirse como ausencia en momentos donde el personaje necesitaría más textura de la que el guion le da.

La dinámica entre Hig y Bangley es el elemento más logrado de la primera mitad de la película y también donde Scott y el guionista Mark L. Smith, responsable de El renacido, están más cómodos narrativamente. Elordi y Brolin tienen una química que no depende de que los personajes se caigan bien sino de que llevan suficiente tiempo juntos como para entender exactamente cómo funciona el otro, y esa familiaridad incómoda es creíble. Bangley es el tipo de personaje que en una película peor sería simplemente el antagonista interno, el hombre duro que no confía en nadie y que eventualmente aprende una lección sobre la humanidad. Aquí es más complicado que eso, porque Brolin le da al personaje una coherencia interna que hace que sus decisiones más cuestionables tengan su propia lógica, y la película tiene la inteligencia de no resolver esa tensión ideológica de manera demasiado limpia. El problema es que cuando Hig decide dejar a Bangley para seguir una señal de radio hacia Grand Junction, esa dinámica desaparece y la película pierde su mejor combustible narrativo en el momento en que más lo necesita.

Scott tiene 88 años y sigue filmando con una energía que avergonzaría a directores treinta años menores, pero La Guerra de los Últimos también es la evidencia más clara en mucho tiempo de que la energía no es suficiente si el material no está a la altura. Las escenas de vuelo en la Cessna de Hig son visualmente impresionantes, con el director de fotografía Erik Messerschmidt sacando todo el partido posible a los paisajes de los Alpes italianos que hacen las veces de Colorado, y hay momentos donde Scott recuerda exactamente por qué es uno de los grandes visualistas del cine contemporáneo. Pero esos momentos conviven con efectos especiales que en varias escenas se ven notablemente pobres para una producción de 110 millones de dólares, y con secuencias de acción que, a pesar de estar bien montadas técnicamente, no generan la tensión que deberían porque los antagonistas de la película son tan vagos e indistintos que es difícil sentir que representan una amenaza real.

Los Segadores, como se llama la banda de supervivientes violentos que opera como villanos de la película, son uno de sus problemas más visibles y también uno de los más incómodos de señalar. Son un grupo sin nombre, sin historia, sin ninguna característica que los distinga más allá de su disposición a matar, y el lenguaje visual con el que Scott los filma, especialmente en la secuencia de ataque al rancho, evoca con demasiada claridad el cine de western clásico donde los atacantes son genéricamente amenazantes y racialmente codificados de manera problemática. No es una acusación de intención maliciosa, pero sí es una señal de una película que no pensó suficientemente en lo que estaba haciendo con ciertos elementos visuales, y en el contexto de una historia que también presenta un mundo postapocalíptico sorprendentemente homogéneo en términos de quién sobrevivió, ese descuido acumulado termina siendo difícil de ignorar.

Margaret Qualley como Cima, la mujer que Hig encuentra cuando su avioneta se avería cerca de un rancho aislado, hace lo que puede con un personaje que el guion construye principalmente como segunda oportunidad romántica para el protagonista. Qualley tiene la habilidad suficiente para darle a Cima una vida interior que el guion no le escribe explícitamente, y hay escenas donde su presencia hace que uno se interese genuinamente en lo que le pasó a este personaje antes de que comenzara la película. Pero la relación entre Hig y Cima se desarrolla a una velocidad que la película no termina de justificar, pasando de la desconfianza al romance con una fluidez que se siente más como una decisión de guion que como algo que emerge naturalmente de quiénes son estas personas. Guy Pearce como Pops, el padre de Cima, tiene mejor suerte porque su hostilidad inicial y su gradual apertura tienen más espacio para desarrollarse, y Pearce lo trabaja con la solidez que uno ya espera de él.

La banda sonora de Harry Gregson-Williams merece mención específica porque es uno de los elementos más efectivos de la película y también uno de los más reveladores sobre qué tipo de historia quiso contar Scott. La guitarra acústica, el dobro y las cuerdas orquestales que dominan la música le dan a «La Guerra de los Últimos» un sabor de western melancólico que en sus mejores momentos es exactamente el tono correcto para esta historia, ese cruce entre la desolación del género postapocalíptico y la soledad del hombre solo en un territorio hostil que es la médula del western americano. Cuando la música funciona, la película encuentra una cadencia que la distingue de los thrillers de supervivencia más convencionales y sugiere que hay algo más profundo debajo de la superficie. El problema es que esa profundidad no siempre aparece en el guion con la misma consistencia con que aparece en la música.

El interludio de Grand Junction, que incluye una aparición de Allison Janney como una exazafata que sigue sirviendo martinis en uniforme de aerolínea años después del apocalipsis, es el momento más desconcertante de la película y también uno de los más honestos sobre sus propias contradicciones. Es una secuencia que no termina de encajar con el tono general de lo que vino antes, demasiado excéntrica para la sobriedad que la película venía construyendo, pero Janney la ejecuta con tanta convicción que resulta imposible no quedarse mirando. Es el tipo de momento que en una película más segura de sí misma podría ser un golpe de genio, pero aquí funciona más como una anomalía que interrumpe el ritmo sin ofrecer algo suficientemente revelador a cambio. Dicho esto, Janney en esos minutos hace más con menos que varios personajes que tienen considerablemente más tiempo en pantalla.

Elordi como protagonista es a la vez la mayor fortaleza y la mayor incógnita de la película. Es un actor con una presencia física imponente y una capacidad para comunicar estados emocionales complejos sin necesitar mucho diálogo, lo cual lo hace naturalmente adecuado para un personaje como Hig, que carga con una pérdida que no ha terminado de procesar y que toma decisiones desde ese lugar de dolor no resuelto. En las escenas más silenciosas, en los vuelos sobre el paisaje devastado o en las visitas a la casa donde vivió con su esposa, Elordi hace un trabajo genuinamente bueno. Pero en los momentos donde el guion le pide que articule lo que siente o que lidere secuencias de acción con urgencia, la actuación tiene una indiferencia que no siempre parece calculada. No es claro si es una decisión de personaje o una limitación del actor en ciertos registros, y esa ambigüedad no ayuda a una película que ya tiene suficientes problemas de ritmo sin necesitar también preguntarse si su protagonista está completamente presente.

CONCLUSIÓN

La Guerra de los Últimos se estrenará en cines el 27 de agosto. Puedes ver el tráiler a continuación.