Michael | Análisis

(8/10) – LO MEJOR ES QUE ESTE ES TAN SOLO EL INICIO

La llegada de Michael a las salas de cine en 2026 no es solo un estreno más en la saturada agenda de biopics musicales; es un evento cultural que intenta encapsular una de las vidas más documentadas y analizadas del siglo XX. Antoine Fuqua, conocido por su pulso firme en dramas de acción y personajes atormentados, asume el reto de dirigir esta megaproducción de 170 millones de dólares con una misión clara: celebrar la genialidad artística de Michael Jackson mientras navega por las turbulentas aguas de su historia familiar. Lo primero que salta a la vista es que la película no busca ser un documento judicial ni una investigación profunda sobre las polémicas que marcaron los últimos años del cantante. En su lugar, el guion de John Logan se detiene justo antes de que el escándalo de 1993 cambiara la percepción pública de Jackson para siempre, culminando en la gira de Bad de 1988. Esta decisión narrativa, aunque comprensible desde una óptica comercial y de «aprobación familiar», convierte a la cinta en una hagiografía visualmente deslumbrante que prefiere enfocarse en el origen del mito más que en su caída.

El gran triunfo de la película reside, sin lugar a dudas, en la interpretación de Jaafar Jackson. Había mucho escepticismo sobre si el sobrino del Rey del Pop podría cargar con el peso de este papel, pero desde el primer minuto queda claro que su elección no fue un simple caso de nepotismo. Jaafar logra una mimetización que roza lo sobrenatural; no solo replica el icónico moonwalk o los giros precisos con una fluidez asombrosa, sino que captura esa extraña mezcla de fragilidad casi infantil y determinación férrea que definía a Michael. Lo más interesante es que Jaafar aporta una ternura más terrenal que la que proyectaba su tío, lo que ayuda a humanizar a una figura que a menudo parecía un alienígena en su propia vida. Su voz, mezclada sutilmente con las grabaciones originales, logra que la inmersión sea total, permitiendo que el espectador olvide por momentos que está viendo a un actor y se deje llevar por la energía eléctrica que emana de la pantalla durante las recreaciones de los conciertos.

Sin embargo, el motor dramático que realmente sostiene la película es la relación tóxica y militarizada con Joe Jackson, interpretado por un Colman Domingo que está en la cima de sus capacidades actorales. Domingo evita caer en la caricatura del villano unidimensional, mostrándonos a un hombre que, en su retorcida lógica, cree que el maltrato físico y la explotación laboral son las únicas herramientas para sacar a su familia de la miseria de Gary, Indiana. Las escenas donde Joe somete a sus hijos a ensayos interminables bajo la amenaza del cinturón son difíciles de ver y establecen el tono de «trauma intergeneracional» que atraviesa toda la cinta. Es a través de esta violencia que entendemos por qué Michael se refugió en un mundo de fantasía, rodeado de animales exóticos y juguetes; la película plantea con éxito que Neverland no fue una excentricidad, sino una respuesta autoprotectora de un niño al que nunca se le permitió dejar de trabajar.

En contraste, Nia Long ofrece un contrapunto necesario como Katherine Jackson. Su actuación es contenida y llena de una calidez melancólica, representando el único puerto seguro para Michael en medio de la tormenta. Es especialmente desgarrador ver su impotencia ante la crueldad de Joe, y su breve momento de rebelión cuando alza la voz por su hijo tras el accidente de Pepsi es uno de los pocos respiros emocionales de la película. La dinámica entre Katherine y Joe es tan potente que casi podría sostener un drama por separado, dejando claro que el éxito de los Jackson 5 fue un proyecto construido sobre el sacrificio de la estabilidad emocional de toda una familia. La dirección de Fuqua aprovecha estos momentos íntimos para equilibrar el espectáculo de masas con el drama de alcoba, logrando que el espectador sienta el peso de la soledad que Michael cargaba a pesar de estar rodeado de miles de fans.

Técnicamente, la película es un portento que justifica cada centavo de su presupuesto. La fotografía de Dion Beebe transforma las secuencias de conciertos en experiencias inmersivas que logran que el público en la sala de cine sienta la misma electricidad que los asistentes ficticios. La recreación de momentos históricos, como el rodaje del video de Thriller o la presentación de Billie Jean en el especial de Motown 25, está cuidada hasta el más mínimo detalle de vestuario e iluminación. No obstante, este perfeccionismo visual tiene un punto flaco notable: el diseño CGI de Bubbles, el chimpancé. Resulta irónico que en una película que resucita estadios enteros de los años 80 con una fidelidad asombrosa, el mono digital se sienta fuera de lugar, rompiendo por momentos la inmersión en las escenas domésticas. Es un detalle menor en el gran esquema de la obra, pero distrae en una producción que aspira a la excelencia técnica absoluta.

Un aspecto que generará debate es el ritmo del guion. Se nota que existía una versión de cuatro horas que fue recortada para ajustarse a los estándares comerciales, lo que provoca saltos temporales algo abruptos y la sensación de que algunas subtramas quedaron a medio cocinar. Por ejemplo, personajes como Quincy Jones o John Branca (interpretado por un Miles Teller que cumple a pesar de una peluca algo cuestionable) aparecen y desaparecen según la necesidad de avanzar en los hitos de la carrera de Michael, sin profundizar realmente en su influencia creativa. La película opta por mostrar los éxitos como si surgieran por generación espontánea de la mente de un genio, en lugar de explorar el proceso colaborativo y las fricciones que suelen acompañar a la creación de obras maestras como Off the Wall o Thriller. Es un enfoque que favorece el mito sobre la realidad del trabajo de estudio.

La ausencia de Janet Jackson y el descontento de Paris Jackson con la película añaden una capa de lectura externa que no se puede ignorar. Al ser una producción respaldada por el patrimonio de la familia (The Estate), es evidente que existe un filtro de protección sobre la imagen del cantante. La película edulcora ciertos aspectos, como la evolución de sus cirugías estéticas o el cambio en su tono de piel, atribuyendo todo de manera simplista al vitíligo y a una sola rinoplastia inicial. Para quienes buscan un análisis crítico sobre la transformación física y psicológica de Jackson, esta cinta resultará incompleta. Sin embargo, para aquellos que quieran reconectar con la nostalgia de una época donde su música era el lenguaje universal, el filme cumple con creces su objetivo de celebración y redención mediática.

El final de la película es quizás el movimiento más audaz y polémico de Antoine Fuqua. Al terminar con la frase «Su historia continúa», la cinta se posiciona no como un cierre definitivo, sino como la primera parte de lo que podría ser una franquicia biográfica. Esta estructura, muy al estilo del cine de superhéroes actual, sugiere que Lionsgate está apostando por un «Universo Cinematográfico de Michael Jackson». Aunque comercialmente es una jugada maestra, artísticamente deja un sabor agridulce, ya que evita enfrentar las consecuencias de la fama y las acusaciones posteriores, dejando al espectador con la promesa de una secuela que, de materializarse, tendrá la difícil tarea de abordar los temas que aquí se decidieron omitir. Es un epílogo que se siente un poco desconcertante dentro de un drama que, hasta ese momento, intentaba mantener cierta solemnidad.

Uno de los puntos más divertidos y que sirve como alivio cómico es el cameo de Mike Myers como Walter Yetnikoff. La escena donde Michael presiona al presidente de CBS Records para obligar a MTV a transmitir sus videos es fundamental para entender el impacto cultural del artista. No solo se trataba de música, sino de romper barreras raciales en una industria que todavía era excluyente. La película logra transmitir la importancia histórica de ese momento, mostrando a un Michael que, a pesar de su voz suave y modales afables, poseía una astucia empresarial inigualable. Esta faceta del «Michael negociador» es refrescante y ayuda a alejarnos de la imagen de víctima eterna, presentándonos a un hombre que sabía perfectamente cuánto valía su arte y cómo usar su poder para cambiar las reglas del juego.

La melancolía es, en última instancia, el sentimiento que prevalece al salir de la función. A pesar de los colores brillantes, los bailes electrizantes y los éxitos omnipresentes, el retrato de Jackson es el de un hombre profundamente solo. La película acierta al mostrar que su amistad más auténtica era con su guardaespaldas Bill Bray, sugiriendo que el resto de sus relaciones estaban mediadas por el interés o por la incapacidad de Michael para conectar con adultos debido a su infancia robada. Este trasfondo de tristeza reflexiva es lo que le da a la película una profundidad que los biopics convencionales suelen perder en favor del espectáculo. Fuqua logra que nos importe el hombre detrás de las lentejuelas, incluso cuando sabemos que lo que estamos viendo es una versión curada y protegida de su realidad.

Para los fans de toda la vida, la experiencia será placentera y evocadora. La música nunca ha sonado tan potente en un sistema de sonido de cine, y la labor de Dion Beebe en la cámara asegura que cada fotograma se sienta como una pieza de arte. La película logra revitalizar el género del biopic musical al centrarse en el drama familiar como el motor de la genialidad, alejándose de los clichés de «ascenso y caída» para enfocarse en el «ascenso y aislamiento». Es una obra maestra en términos de estilo y ejecución actoral, que probablemente dominará la taquilla y la conversación cultural durante meses, independientemente de las críticas sobre su falta de rigor histórico en los temas más espinosos.

CONCLUSIÓN

Michael llega a los cines peruanos el jueves 23 de abril con funciones para fanáticos y pre estreno desde el 21 de abril. Puedes ver el tráiler a continuación.