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Once Upon a KATAMARI | Análisis (PC)

(8/10) – ÉRASE UNA VEZ KATAMARI ME HACE AGRADECER POR JUGAR OTRA VEZ A KATAMARI

Dicen que no se puede mejorar la perfección, pero Bandai Namco, junto con el equipo de desarrollo Rengame, no buscó mejorar el Katamari original; simplemente lo engrandeció de la única manera que un dios intergaláctico, ególatra y caprichoso lo haría: rompiendo el universo otra vez y enviándonos a dar un paseo por la historia. Once Upon a KATAMARI en su versión para PC es, sin lugar a dudas, la entrega más ingeniosa de la serie desde la era de PlayStation 2. Es un caos organizado que, milagrosamente, es tan frenético como zen, y aunque tropieza con las mismas viejas trampas de la serie, el salto de escala y la creatividad de sus nuevos escenarios hacen que sea una experiencia rodante absolutamente imprescindible.

Gracias a Bandai Namco Latinoamerica por el código para prensa usado en la realización de este análisis.

La premisa sigue siendo la misma, un concepto tan absurdamente sencillo que raya en la genialidad: eres el diminuto Príncipe del Cosmos, enviado por el Rey de Todo el Cosmos (el himbo cósmico de pantalones ajustados) a rodar una bola mágica y pegajosa, el Katamari, para recoger objetos y crear estrellas. La novedad aquí es el viaje en el tiempo. Después de que el Rey destruyera accidentalmente el cielo nocturno jugando con un pergamino, nos toca saltar a través de diez escenarios históricos temáticos: desde el Jurásico y la Edad de Hielo hasta el Japón Edo y la Antigua Grecia. Esta decisión es un golpe maestro de diseño, ya que rompe la sensación de repetición de los juegos anteriores. De repente, ya no estamos solo enrollando tazas y fichas de mahjong en una casa; estamos absorbiendo dinosaurios y yetis en la prehistoria, o vaqueros y plantas rodantes en la frontera americana. La variedad visual y temática es asombrosa, y el estilo de arte low-poly con textura de papercraft brilla en 4K con una nitidez que te hace querer lamer la pantalla.

El corazón de la jugabilidad, el simple acto de rodar, se siente más apretado que nunca en PC. La versión original para consola, que usaba ambos joysticks para una conducción tipo tanque, se sentía deliciosamente torpe, una parte integral del encanto. Aquí, el juego ofrece un control «simple» con un solo joystick que es mucho más intuitivo. Sin embargo, para los puristas como yo que probamos el control «clásico» con el teclado (y el ratón), se nota que sigue siendo una mecánica diseñada para el mando de consola. Afortunadamente, esta versión de PC maneja las velocidades de fotogramas sin la caída que a veces plagaba las versiones de PS2, lo cual es vital, porque en los últimos minutos de cada fase, cuando tu Katamari crece exponencialmente y empieza a engullir camiones y edificios, la pantalla se convierte en un infierno de partículas y es vital que el rendimiento se mantenga sólido. Además, Bandai Namco ha escuchado a los jugadores y ha mejorado la cámara: ya no es el tormento que solía ser; ahora ofrece un filtro de rayos X cuando la visión se obstruye por una pared o un objeto grande, y hay un atajo para ajustar rápidamente la posición del Príncipe, lo que hace que maniobrar en espacios reducidos sea significativamente menos frustrante.

Donde el juego realmente se gana la sonrisa es en su humor descarado y su guion. El Rey de Todo el Cosmos sigue siendo la estrella: engreído, condescendiente con el Príncipe (el «salami de lado») y con unas reflexiones sobre el universo que son pura comedia surrealista. Cada cutscene, aunque breve, es una pequeña viñeta que justifica el caos. Recuerdo un nivel en el Antiguo Egipto donde un faraón te pide 10 plátanos y una docena de huevos, y luego ver a unos forajidos del Viejo Oeste siendo absorbidos en una escena que parodia a Sergio Leone. El humor nunca es excesivamente pretencioso; siempre es eficiente y directo al punto. Incluso fallar un nivel se convierte en una experiencia cómica, con el Rey regañándote con su voz de vinilo rayado de forma tan camp que suaviza la frustración de no alcanzar la meta. Es esta dedicación a la comedia visual —las vacas con armadura, los osos calentándose las pezuñas en una fogata— lo que mantiene el espíritu tonto y alegre de la franquicia intacto.

Los escenarios de época no son solo un cambio de piel; impulsan el diseño de misiones. Los mejores niveles aprovechan la temática: tienes que crecer lo suficiente en una fiesta de la era Edo para encajar en una armadura, o tienes que buscar a filósofos famosos en la Antigua Grecia para un gran debate. Esta idea de misión con restricciones es fantástica, ya que obliga a la estrategia. Sin embargo, aquí es donde el juego también patina. Las misiones secundarias opcionales (que, irritantemente, tienes que completar para ganar las «Coronas ocultas» y desbloquear nuevos mapas) que te obligan a recolectar solo un tipo de objeto —como rosas para un ramo— se sienten antitéticas al espíritu del Katamari. El Katamari debería ser una fuerza de la naturaleza indiscriminada; obligarte a evitar todo lo que no sea una flor se siente restrictivo y aburrido, rompiendo ese flujo meditativo que la serie siempre ha prometido.

La rejugabilidad, por otro lado, es masiva, impulsada por un deseo obsesivo de coleccionismo, aunque las recompensas son cuestionables. Hay tres Coronas ocultas en cada fase, y las Fichas del Rey que obtienes al completar niveles sirven para desbloquear más de 68 primos jugables y toneladas de ítems cosméticos (caras, emoticonos) que son, francamente, decepcionantes para el jugador que busca más contenido jugable. Sin embargo, el verdadero valor de replay no viene de esas coronas, sino del Multijugador KatamariBall Celestial. Este modo competitivo online, que enfrenta a cuatro jugadores, es un caos puro y adictivo. En lugar de solo rodar sin fin, debes hacer crecer tu bola y luego llevarla a la Nave Príncipe para «extraer» los puntos antes de que el tiempo se acabe. Con todos compitiendo por entrar en la nave al mismo tiempo, es una batalla frenética y ridícula que, al final, se resuelve con una ronda de bonificación al estilo Mario Party donde el Rey reparte puntos por el uso de power-ups o por haber rodado a tus oponentes. Es un modo ingenioso que extiende la vida útil del juego exponencialmente.

Y no podemos hablar de Katamari sin hablar de la Banda Sonora. Es el alma de la franquicia, la que altera la química cerebral con su ritmo pop-pop y Shibuya-kei. Once Upon a KATAMARI entrega una banda sonora de 36 nuevas canciones que están a la altura de los gigantes musicales de la serie, con influencias que van del techno-rap al funk-jazz-fusión, e incluso un tema coral inesperadamente encantador. Además, la versión para PC te permite acceder a casi 100 canciones de toda la historia de la serie. Puedes crear tu propia lista de reproducción o escuchar tu tema favorito en bucle en cualquier nivel. Aunque hay pequeñas molestias —la reproducción aleatoria a veces repite la última canción si el nivel es muy corto—, esta biblioteca musical masiva convierte cada sesión de juego en una fiesta auditiva.

En cuanto a la experiencia para PC, el juego se siente sólido. Aunque las opciones de personalización cosmética son un poco vagas, la posibilidad de diseñar a tus propios primos (personalizando sus colores y caras) es un incentivo divertido para pasar el rato en el Barco Príncipe, un centro de actividades que, de otra forma, sería solo un hub de menú. Lo más importante es que esta entrega final se siente como una verdadera secuela, y no una simple excusa nostálgica, en parte gracias a cómo integran nuevos power-ups. Aunque los «regalos» como el imán y el misil son demasiado fugaces para ser revolucionarios, añaden una capa estratégica sutil, permitiéndote, por ejemplo, usar el cronómetro no solo para detener el tiempo, sino para inmovilizar a los pájaros más escurridizos.

Si me preguntas dónde está el defecto más notorio de este regreso, diría que está en el ritmo y la distribución de los niveles. Hay una desproporción clara, con el Japón Edo acaparando más del doble de niveles que cualquier otra época. En el contexto de un juego que se vende como un viaje por la historia, se siente que se dejó mucho terreno jugoso sin explotar en los otros nueve escenarios. Además, el Rey interrumpe constantemente las primeras horas del juego con cinemáticas humorísticas que, si bien son graciosas, impiden entrar en ese «trance» meditativo que es la verdadera esencia de Katamari.

Al final, Once Upon a KATAMARI logra un aterrizaje cósmico. Se siente como el juego que We Love Katamari merecía como sucesor directo. Combina la jugabilidad nostálgica y adictiva de la era de PS2 con actualizaciones de calidad de vida modernas, como la cámara mejorada y el rendimiento sin caídas de fotogramas, algo crucial para los jugadores de PC. Si puedes soportar las inevitables secuencias de escalada o las misiones de recolección específicas que rompen el flujo, el premio es una de las experiencias arcade más encantadoras, caóticas y satisfactorias que el catálogo de PC ha recibido en años. Simplemente no hay otro juego que haga lo que Katamari hace, y esta nueva aventura demuestra que su fórmula, lejos de envejecer, sigue rodando con más fuerza que nunca. El cosmos está a salvo, Príncipe.

CONCLUSIÓN

Once Upon a KATAMARI llega el 23 de octubre a PC a través de Steam, PlayStation 5, Xbox Series X|S y Nintendo Switch 1|2. Puedes ver el tráiler de lanzamiento a continuación.

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