Desde hace años, Guillermo del Toro ha descrito Frankenstein de Mary Shelley como una obra fundamental en su vida. Ahora, con el estreno de su propia adaptación en Netflix —interpretada por Oscar Isaac como Victor Frankenstein y Jacob Elordi como la Criatura—, el cineasta mexicano finalmente enfrenta el reto de trasladar al cine el libro que considera “su Biblia”. Pero, ¿hasta qué punto esta versión respeta el espíritu, los temas y la estructura del texto original publicado en 1818?
A lo largo de más de dos siglos, Frankenstein ha sido reinterpretado incontables veces, desde la icónica versión de James Whale en 1931, que consolidó la imagen del monstruo verde de cabeza plana, hasta adaptaciones más literales como Mary Shelley’s Frankenstein de Kenneth Branagh. Del Toro, sin embargo, eligió un camino intermedio: no busca replicar la novela de forma exacta, pero sí capturar su esencia emocional, filosófica y narrativa.
Una adaptación libre, pero profundamente respetuosa del espíritu original
Aunque del Toro elimina personajes clave del libro —como Henry Clerval o Justine Moritz— y reformula radicalmente el rol de Elizabeth, uno de los mayores aciertos de la película es su esfuerzo por mantener la estructura narrativa del texto de Shelley. La novela original utiliza narradores enmarcados, permitiendo que Victor y la Criatura cuenten su propia historia desde perspectivas paralelas. La película retoma este recurso, algo que sorprendentemente pocas adaptaciones previas han respetado.
Asimismo, el filme intenta preservar el tono lírico con el que Shelley dotó a la Criatura: un ser capaz de reflexiones profundas, dolor existencial y una sensibilidad que contrasta con su apariencia. Aunque el lenguaje cinematográfico nunca iguala la densidad filosófica del libro, del Toro abraza la idea de que el monstruo no es un villano, sino una voz trágica que merece ser escuchada.
Victor Frankenstein: de la soberbia científica al trauma familiar
Uno de los cambios más significativos está en el origen psicológico de Victor. En la novela, su motivación nace del deseo de dominar los secretos de la vida y demostrar un poder casi divino. En la película, del Toro introduce un trasfondo más oscuro: un padre abusivo, un hogar marcado por la violencia y la insinuación de que el propio progenitor pudo sacrificar a la madre en favor de sus experimentos.
Este giro desplaza el foco temático. Ya no estamos ante una advertencia sobre la soberbia científica, sino ante una historia sobre vergüenza, abuso y la carga emocional que empuja a Victor a desafiar los límites naturales. La película convierte la creación de la Criatura en una respuesta emocional, no solo intelectual, lo cual reinterpreta pero no contradice del todo la intención de Shelley: explorar las consecuencias de una paternidad irresponsable.
Elizabeth reinventada: de figura sacrificada a científica con agencia
En el libro, Elizabeth es una víctima más del sistema patriarcal: dulce, pasiva y sometida al destino trágico que rodea a Victor. Del Toro decide reimaginarla como una entomóloga independiente, una mujer de ciencia capaz de confrontar al protagonista y de cuestionar su narrativa. Esta elección responde a sensibilidades contemporáneas, pero también permite revelar aspectos que el propio Victor oculta sobre sí mismo.
La relación entre Elizabeth y la Criatura, inexistente en la novela, cobra en la película un matiz empático. Ella es la única que lo mira sin prejuicios y reconoce su dolor. No se trata necesariamente de un vínculo romántico, sino de una alianza entre dos seres que se sienten desplazados en un mundo jerárquico.
La crítica social: un cambio de eje, pero no de intención
Mary Shelley escribió Frankenstein como una reflexión sobre la marginalización, la violencia patriarcal y la incapacidad de una sociedad rígida para aceptar al diferente. El rechazo que sufre la Criatura es, en la novela, inmediato y absoluto. En la película, del Toro suaviza este aspecto: Victor no huye despavorido al verlo cobrar vida; intenta criarlo durante un tiempo, antes de abandonarlo frustrado.
Este cambio altera la lectura social del monstruo. Donde Shelley enfatizaba la mirada opresora de la sociedad, del Toro desplaza la crítica hacia estructuras más amplias —la guerra, el militarismo, el capitalismo— como fuerzas que moldean un mundo incapaz de empatía. Si bien se pierde parte de la denuncia sobre la opresión femenina, se mantiene la idea de que la creación es un reflejo directo de la humanidad que la produce.
Un monstruo más humano: empatía en lugar de horror
Quizá el rasgo más distintivo de esta adaptación es la humanidad de la Criatura. Del Toro la presenta como un ser articulado, expresivo, casi siempre vulnerable, cuya tragedia se entiende desde el primer plano. Esto genera una conexión inmediata con el espectador, algo que Shelley logra gradualmente mediante el relato interno del propio monstruo.
Sin embargo, la película reduce el temor que el libro asociaba a lo desconocido. En Shelley, la Criatura es temible no solo por sus actos, sino por lo que representa: el miedo a lo que se crea sin asumir responsabilidad. Del Toro prioriza la compasión sobre el horror, una elección que suaviza la dimensión trágica pero potencia la emocional.
El episodio de los De Lacey: fidelidad inesperada
Una de las secuencias más fieles al libro es la convivencia de la Criatura con la familia De Lacey, especialmente su relación con el anciano ciego. Este pasaje ha sido omitido en la mayoría de adaptaciones cinematográficas, pero en la novela es clave para entender la necesidad de afecto, aprendizaje y contacto humano del monstruo.
Del Toro recupera este momento con notable sensibilidad, subrayando el valor de la amistad como forma de resistencia emocional. Es uno de los puntos donde la película se acerca más claramente a la intención original de Shelley.
¿Dónde se ubica esta versión en la historia de las adaptaciones?
Sin ser una reproducción literal, Frankenstein de Guillermo del Toro es una de las adaptaciones que más respetan la estructura narrativa, la sensibilidad gótica y la complejidad emocional de la novela. A diferencia de versiones que simplifican el relato a una advertencia sobre la ciencia descontrolada, del Toro abraza múltiples capas del texto: la paternidad fallida, la búsqueda de identidad, el rechazo social, el dolor de la creación y la necesidad de ser visto.
Es, sin duda, una lectura moderna y personal, pero profundamente marcada por el respeto hacia Shelley y hacia el círculo literario que dio origen a uno de los mitos más influyentes de la cultura occidental.
Conclusión: una obra que dialoga con Shelley sin querer reemplazarla
Del Toro no intenta recrear palabra por palabra la novela de Mary Shelley. Lo que hace es reinterpretar su corazón, actualizar sus relaciones humanas y elevar su espíritu trágico a través de una estética gótica, emotiva y reflexiva. Aunque algunos cambios alteran la fuerza social del texto original, la película mantiene intacto su núcleo: la pregunta sobre qué significa crear vida y cuál es la responsabilidad moral que ello implica.
Frankenstein en Netflix es, al final, una carta de amor: no al mito cinematográfico del monstruo, sino al libro que lo originó.
