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REMATCH | Análisis (PC)

(8.5/10) – IMPERFECTO PERO ENVICIANTE

Jugar Rematch durante una semana fue como meterme en una versión distorsionada pero fascinante de mis propias memorias futboleras. No me refiero a esas tardes de FIFA con amigos que acaban en discusiones sobre penales mal cobrados, sino a esos partidos de barrio donde nadie respetaba las posiciones y todos queríamos meter el gol de la victoria. En ese caos estructurado, donde las reglas son opcionales y la creatividad es la moneda más valiosa, Rematch encuentra su corazón. Sloclap, el estudio francés que antes nos hizo esquivar puñetazos en Sifu, ahora quiere que esquivemos entradas con estilo. Y aunque no lo logra en todos los frentes, hay algo que me quedó claro: cuando Rematch acierta, lo hace con un gol de chalaca.

Gracias a Sloclap por el código para prensa usado en la realización de este análisis.

Lo primero que sorprende es lo directo que es el concepto. Fútbol arcade, sin reglas, sin tarjetas, sin fueras de juego. Todo el mundo controla a su propio personaje en una vista en tercera persona que recuerda más a Rocket League que a FIFA. El balón rebota contra las paredes, los partidos son de 3v3 a 5v5, y el objetivo es tan simple como siempre: meterla. Pero lo interesante está en cómo ese objetivo se vuelve una pequeña odisea técnica. Aprender a disparar con precisión no es un reflejo automático: es un ejercicio de mirar a tu compañero, leer el pase, apuntar con el joystick derecho y calcular cuándo impactar. Si te equivocas, el balón se va directo al banderín de córner o a las manos del portero (si es que no se teletransporta, ya hablaremos de eso).

La curva de aprendizaje es una pared vertical al principio. Jugar Rematch por primera vez es como volver a aprender a caminar. Los controles no son lo que esperarías de un juego de fútbol tradicional. Aquí correr se siente distinto, el balón no se pega a los pies, y los movimientos hábiles —como el toque arcoíris— pueden sacarte de un lío o meterte en otro si no los usás con cabeza. Al principio parece frustrante, incluso arbitrario. Pero una vez que entendés cómo se comunica el juego contigo y entre tus compañeros, empieza la verdadera diversión.

Rematch no es un juego que te permite brillar solo. Bueno, podés intentarlo, pero terminás tropezando con tus propias fintas mientras tus compañeros observan en silencio… o te envían un spam de pings pasivo-agresivos. Este no es un FIFA donde Messi puede hacer todo. Rematch castiga el egoísmo. Ganar requiere tocar rápido, entender el espacio, pedir el balón y saber cuándo pasar o despejar. Todo está diseñado para que la cooperación gane a la brillantez individual. Si eso suena como algo sacado de un folleto de valores del deporte, es porque lo es. Pero en Rematch, no es discurso: es mecánica.

Sin embargo, la otra cara de la moneda es amarga. Cuando el sistema de juego requiere coordinación y el matchmaking te empareja con tres Ronaldinhos frustrados que no pasan ni la sal, cada partido puede sentirse como una tortura. Al principio, la mayoría de los jugadores están aprendiendo y no hay roles definidos. El portero de tu equipo puede decidir salir a atacar con un toque arcoíris y dejarte el arco vacío. Literal. Afortunadamente, Sloclap rotó el rol del portero tras cada gol, lo que evita que alguien quede atrapado eternamente bajo los tres palos. Pero eso no soluciona la falta de estructura que se vive en muchos encuentros.

¿Y la portería? Ay, la portería. Es un agujero negro emocional. Parar un tiro en Rematch depende más del horóscopo que de la técnica. Podés tirarte bien, elegir la dirección, cronometrar el salto… y aun así el balón pasa por debajo de tu cuerpo, como si fueras un holograma. En un partido paré 10 disparos y me sentí Alisson Becker. En el siguiente, un disparo suave pasó a mi lado como si yo estuviera afilando los guantes. La inconsistencia frustra y, lo peor, mina la confianza en uno mismo.

A esto se le suma una defensa igual de caótica. Las entradas tienen un timing delicado, lo cual está bien. Lo que no está bien es el lag. Intentás robar la pelota, el juego te muestra que la tenés… y un segundo después está en los pies del rival. Esa desincronización, aunque no constante, ocurre lo suficiente como para romper la inmersión. La sensación de control se esfuma, y Rematch deja de sentirse como un desafío justo y empieza a parecer una apuesta.

Pero no todo es sufrimiento. La dirección artística es preciosa. El estilo cel-shaded, con personajes caricaturescos y escenarios futuristas, le da una personalidad única al juego. Los estadios flotan entre ciudades y estaciones espaciales, y cada uno tiene su propio encanto. Incluso el menú, con sus sonidos y efectos visuales, parece diseñado para hacerte sentir que estás en un mundo que ama el fútbol, aunque sea de una manera poco ortodoxa.

Otro punto fuerte es el ritmo. Rematch es adrenalina pura. Los partidos duran seis minutos, y la regla de piedad termina el encuentro si un equipo gana por cuatro goles. Es una manera elegante de evitar palizas humillantes. Cada gol se celebra con animaciones y efectos de sonido que te hacen sentir parte de algo importante. Y esa sensación de «una más y lo dejo» se convierte fácilmente en una hora extra de juego.

La ausencia de modos para un jugador es una lástima. Solo tenés un prólogo tutorial y después: al agua. Todo el juego depende del multijugador. Ni siquiera podés practicar con bots para aprender movimientos o estrategias. Si tenés amigos, todo mejora, como casi siempre. Pero si entrás solo, la experiencia puede volverse muy desigual, tanto por el nivel de tus compañeros como por el código de red.

Y claro, están los cosméticos. Aquí viene la parte más amarga para algunos: pase de batalla, microtransacciones, contenido estético por tiempo limitado. Todo esto no afecta el gameplay, es verdad. No vas a correr más rápido por tener zapatillas con luces de neón. Pero aún así, saber que hay un skin de Ronaldinho que solo podés obtener pagando no es precisamente motivador. Rematch tiene tanto espíritu independiente que este modelo de monetización parece fuera de lugar.

El precio del juego tampoco ayuda. No es un free-to-play como Rocket League, aunque se le parece mucho. Cuesta unos 30 euros/dólares o 59 soles, y después te intenta vender contenido adicional. En un mercado saturado y con jugadores acostumbrados a juegos gratuitos, esta combinación puede ser un obstáculo. ¿Vale la pena el precio? Si encontrás el ritmo, sí. Pero no es una venta fácil para todos.

A pesar de todo, Rematch tiene alma. Es imperfecto, sí, pero es divertido. Tiene esa energía caótica y desenfadada que nos recuerda por qué el fútbol, incluso el digital, puede ser tan adictivo. Sloclap se la jugó al cambiar los puñetazos por goles y los combos por voleas. Y aunque el resultado no es una obra maestra, es un juego que quiere ser amado. Y a veces, eso basta.

CONCLUSIÓN

REMATCH está disponible en PC a través de Steam, en PlayStation 5 y Xbox Series X|S. Puedes ver el tráiler de lanzamiento a continuación.

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