La llegada de Super Mario Galaxy: La Película a las salas de cine ocurre en un contexto donde las adaptaciones de videojuegos parecen haber encontrado finalmente su ritmo, pero esta secuela de Illumination se siente más como un producto de marketing apresurado que como una expansión genuina del universo de Mario. Tras el éxito masivo de la primera entrega, las expectativas estaban por las nubes al saber que se adaptaría uno de los títulos más queridos y artísticos de Nintendo, sin embargo, el resultado es una aventura cósmica visualmente deslumbrante que carece por completo de un centro emocional. La película intenta malabarear con demasiados elementos a la vez: la introducción de Rosalina, el debut de Yoshi, un Bowser miniaturizado en busca de redención y la aparición sorpresa de Fox McCloud, pero lo hace con un ritmo tan frenético que nunca permite que la audiencia conecte con lo que ocurre en pantalla. Es una cinta que parece tener miedo al silencio y que confunde la velocidad con la emoción, dejando pasar la oportunidad de adaptar la melancolía y la escala épica que hicieron del juego de 2007 una obra maestra.
Uno de los puntos más decepcionantes de esta entrega es el tratamiento de Rosalina, interpretada por Brie Larson. A pesar de que la actriz ha demostrado en diversas ocasiones su pasión genuina por la franquicia y de que su personaje es la base narrativa del concepto Galaxy, en la película queda relegada a un papel secundario casi insultante. La guardiana del cosmos, que en el material original tiene una de las historias de origen más tristes y hermosas de Nintendo, aquí es simplemente una víctima de secuestro que desaparece durante gran parte del metraje. Es una desconexión total entre lo que se prometió en la campaña publicitaria y lo que finalmente vemos en la edición final. En lugar de explorar el vínculo maternal de Rosalina con los Lumas o su aire etéreo, los directores Aaron Horvath y Michael Jelenic prefirieron centrarse en secuencias de acción genéricas que podrían haber ocurrido en cualquier otro lugar del Reino Champiñón, haciendo que el entorno espacial se sienta como un simple fondo decorativo sin impacto real en la trama.
En cuanto al reparto de voces, nos encontramos con un panorama bastante irregular donde lo nuevo brilla más que lo establecido. Chris Pratt, quien en la primera película logró darle un matiz interesante a Mario, suena aquí extrañamente monótono y por momentos aburrido, como si hubiera grabado sus diálogos con prisa. Por el contrario, Benny Safdie se roba la película como Bowser Jr., logrando una interpretación anárquica y divertida que encaja perfectamente con el Bowser de Jack Black. La dinámica entre padre e hijo es de lo poco rescatable a nivel de guion, especialmente en ese fragmento de exposición narrado con un espectáculo de marionetas que aporta un toque de creatividad visual necesario. También es justo destacar a Donald Glover como Yoshi; aunque su papel no tiene el peso que muchos esperaban, su interpretación es encantadora y logra establecer una buena química con el resto del grupo, a pesar de que su introducción al equipo se siente un tanto forzada y carente de la magia que rodeó su primer encuentro en los juegos.
La acción es, sin duda, el área donde la película intenta compensar sus carencias narrativas. Illumination ha pulido su motor de animación al máximo y las texturas, la iluminación y los efectos de las galaxias son espectaculares. Hay secuencias muy bien logradas, como la pelea de la Princesa Peach en el casino o el enfrentamiento inicial a bordo del carguero de Bowser Jr., que demuestran una mejora técnica respecto a la cinta de 2023. Sin embargo, estas escenas sufren por un exceso de guiños visuales que interrumpen el flujo de la historia. El uso recurrente de la estética de 8 bits y los planos en 2D al estilo Super Mario Maker funciona las primeras dos veces como un homenaje simpático, pero después se convierte en un truco repetitivo que rompe la inmersión de una aventura que se supone es tridimensional y de escala galáctica. Se siente como si la película estuviera gritándole al espectador que reconozca referencias constantemente en lugar de dejarlo disfrutar de la coreografía de la batalla.
La banda sonora de Brian Tyler es otro de los pilares que sostiene la experiencia. Al prescindir de las canciones con licencia que sobraban en la primera película, Tyler tiene espacio para jugar con las orquestaciones épicas de la saga Galaxy, transformando los temas clásicos en piezas cinematográficas de gran nivel. Escuchar las melodías del Observatorio de Cometas o los temas de combate integrados con la música de Star Fox durante el cameo de Fox McCloud es un deleite para cualquier fan de la vieja escuela. Precisamente, la aparición de Fox McCloud, interpretado por Glen Powell, es uno de los momentos más comentados y extrañamente efectivos de la película. Powell le da un aire de «piloto pícaro» al estilo Han Solo que inyecta una energía diferente al tercer acto. No obstante, su participación es tan destacada que termina generando la sensación de que los cineastas estaban más interesados en preparar un spin-off de Star Fox que en resolver de manera satisfactoria la historia de Mario y su lucha contra los Bowser.
A nivel de guion, Matthew Fogel tropieza al ignorar los conflictos emocionales que el propio planteamiento de la película sugiere. Tenemos a un Bowser pequeño que supuestamente está en un «viaje de sanación», a un Toad que se siente desplazado por la llegada de Yoshi y a una Peach que busca rescatar a su hermana Rosalina, pero ninguno de estos hilos conductores se resuelve con profundidad. Todo se reduce a chistes visuales rápidos o diálogos superficiales que no permiten que los personajes crezcan. Incluso el romance entre Mario y Peach, que fue un punto central de la primera parte, aquí se siente totalmente estático y secundario. Es frustrante ver cómo una película que tiene todos los recursos para ser épica decide quedarse en la superficie, evitando cualquier momento de vulnerabilidad que pudiera darle un peso real a la amenaza de Bowser Jr. y su flota espacial.
La película también comete el error de no aprovechar la mecánica de la gravedad que hizo tan especial al videojuego de Wii. Mientras que el juego desafiaba la percepción del jugador con planetas diminutos y cambios constantes de orientación, la película opta por una progresión lineal y tradicional. No hay ese sentido de maravilla o de vértigo que se esperaba de una adaptación de Galaxy. En su lugar, el cosmos se siente estéril y vacío, con Mario saltando de un lugar a otro de forma mecánica. Es una lástima que con el presupuesto y la tecnología de Illumination no se hayan arriesgado a crear secuencias que realmente jugaran con la física del espacio de manera innovadora. Al final, lo que obtenemos son escenarios muy bonitos que podrían haber sido niveles genéricos de cualquier otro juego de plataformas, perdiendo la identidad única que el nombre Galaxy conlleva.
Otro punto crítico es la duración y la estructura episódica del filme. Con apenas 98 minutos, la película se siente como una sucesión de niveles desconectados más que como una narrativa cohesiva. Pasamos de la Colmena a un pueblo desértico y luego a un casino espacial sin que haya una razón de peso más allá de mostrar un nuevo «easter egg» o un personaje secundario como la Reina de la Miel o Wart. Este desfile de cameos, que incluye desde Rob el Robot hasta referencias a la NES Zapper, termina saturando la experiencia para el espectador que busca algo más que un ejercicio de nostalgia. Es el equivalente cinematográfico de un festival de tintineo de llaves: luces brillantes y sonidos familiares diseñados para mantener distraída a la audiencia mientras la trama permanece en un estado de estancamiento total. Para un fan acérrimo, esto puede resultar agotador, ya que se siente que los cineastas no entienden por qué estos personajes son queridos más allá de su apariencia estética.
Comparada con la película de 1993, que fue un desastre pero al menos se arriesgó con una visión descabellada y original, esta secuela de 2026 es el ejemplo perfecto de una producción controlada al extremo por los ejecutivos de Nintendo. Se nota la mano de Shigeru Miyamoto priorizando el «truco visual» y la seguridad de la marca por encima de cualquier riesgo narrativo. Esto ha resultado en una película que seguramente recaudará otros mil millones de dólares porque es «segura» para los padres millennials que quieren distraer a sus hijos un rato, pero que dejará un vacío en quienes esperaban que la animación fuera el medio para contar la gran historia que los juegos solo pudieron insinuar. La falta de ese tono melancólico y sofisticado que definía a Rosalina y su universo es lo que finalmente condena a la película a ser una secuela mediocre que no logra superar a su predecesora en términos de corazón.
En definitiva, Super Mario Galaxy: La Película es un espectáculo visual imponente que se olvida de llevar alma en su viaje a las estrellas. Es una colección de momentos divertidos y referencias bien ejecutadas que no logran unirse para formar una película con sustancia. Aunque la animación y la música están en su punto más alto, la falta de una dirección narrativa clara y el desperdicio de personajes clave como Rosalina hacen que el viaje se sienta incompleto. Es una aventura que apunta a las constelaciones pero que termina orbitando en lo conocido y lo fácil. Esperemos que para la próxima entrega, el estudio se atreva a dejar de lado los guiños constantes y se enfoque en darnos una historia que esté a la altura del ícono que es Mario, porque hasta ahora, el fontanero parece estar más perdido en el espacio que nunca.
