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SUPERMAN (2025) | Análisis

(7.5/10) – IMPERFECTA PERO ENTRETENIDA

Cuando se trata de revitalizar a uno de los íconos más antiguos del cómic norteamericano, hay pocas tareas tan complicadas como reinventar a Superman. Con Superman (2025), James Gunn intenta precisamente eso: no partir desde cero, sino continuar desde un punto medio, como si asumiéramos que ya sabemos todo lo importante y solo nos quedara reconectar emocionalmente con el personaje. El resultado, sin embargo, es un experimento irregular, entretenido por momentos, pero desarticulado en otros, que deja tantas preguntas como imágenes memorables.

Desde el inicio, la decisión de saltarse el origen de Kal-El parece práctica, incluso valiente, pero pronto se convierte en un obstáculo narrativo. La historia arranca con una serie de subtítulos que resumen el estatus actual del personaje: Superman es ya una figura pública, Lois Lane sabe su secreto, y la sociedad está poblada por metahumanos y monstruos. Pero este resumen, lejos de establecer una base firme, crea una desconexión emocional. No conocemos al Superman que se ha ganado la admiración del planeta, y por tanto, tampoco sentimos con fuerza la caída de su imagen pública. Es como si se nos pidiera llorar una tragedia de la que no fuimos testigos.

En este contexto, el guion de Gunn introduce el conflicto central: Superman interviene en una guerra entre dos naciones ficticias, Boravia y Jarhanpur, con consecuencias diplomáticas que ponen en jaque su reputación global. La comparación con conflictos reales es evidente, pero la película evita profundizar en las implicancias políticas del gesto. El asunto, que podría haber sido el eje moral del relato, se diluye en una narrativa saturada de criaturas, cameos y gags.

En medio de todo esto, hay que decir que Krypto es el alma más coherente de la película. El perro con superpoderes, desobediente y atolondrado, aporta un aire de ligereza necesario y encarna mejor que nadie esa mezcla de ternura y caos que Gunn sabe manejar. Su presencia no solo sirve como alivio cómico, sino también como ancla emocional para el Superman de Corenswet, que encuentra en él un reflejo de sus propias contradicciones: poderoso pero torpe, noble pero fallido.

El propio David Corenswet ofrece una interpretación visualmente idónea del Hombre de Acero, y aunque logra transmitir un sentido de deber genuino, su actuación rara vez trasciende la rigidez del guion. En momentos cruciales, su Superman parece desprovisto de alma, atrapado entre diálogos funcionales y decisiones de dirección que nunca le permiten explorar capas emocionales más profundas. Es un héroe que reacciona más de lo que actúa.

Por el contrario, Rachel Brosnahan aporta carisma y energía en cada escena como Lois Lane, aunque su personaje se ve limitado por la falta de tiempo en pantalla. Cuando Lois confronta a Clark en una entrevista grabada, la película alcanza uno de sus momentos más genuinos, con un intercambio que mezcla tensión romántica con debate político. Esa escena, más que cualquier pelea interdimensional, define lo que Superman (2025) podría haber sido si se hubiese atrevido a quedarse más tiempo en lo humano.

Nicholas Hoult, como Lex Luthor, ofrece un villano con chispa, ironía y algo de locura metódica. Hay algo perturbador y vigente en su interpretación de un tecnócrata narcisista que se convence a sí mismo de que eliminar a Superman es un bien público. Sin embargo, su arco narrativo se ve opacado por un giro tardío relacionado con los verdaderos planes de los padres biológicos de Superman, una revelación tan forzada que socava gran parte de la tensión acumulada.

El elenco secundario es amplio y diverso, pero muchas veces mal aprovechado. Desde un Jimmy Olsen mujeriego hasta un Guy Gardner que parece una parodia de sí mismo, pasando por la presencia fugaz de Mister Terrific y Hawkgirl, da la impresión de que estamos ante un piloto de serie más que ante una película con identidad. Cada personaje tiene su momento de lucimiento, pero pocos aportan al desarrollo del conflicto principal.

Y aquí es donde se evidencia el mayor problema de la película: la fragmentación del relato. Superman (2025) quiere ser muchas cosas a la vez —una sátira política, una comedia absurda, una aventura emocional, una crítica social— y en el intento, no logra ser ninguna por completo. El tono varía constantemente, y esa falta de cohesión termina por agotar incluso a quienes podrían estar disfrutando de sus escenas más disparatadas.

Visualmente, eso sí, es un regreso al color. Gunn apuesta por una estética brillante, una Metrópolis soleada, criaturas bizarras y efectos llenos de luz, alejándose del gris perpetuo de la era Snyder. Pero cuando llega el inevitable tercer acto, el clímax cae en el caos CGI de siempre: explosiones, ciudades colapsando, y ninguna secuencia de acción realmente memorable.

Por momentos, hay atisbos de una película mejor: cuando Superman salva una ardilla en medio de una pelea, cuando se sienta a hablar con sus padres adoptivos, cuando Krypto se lanza a perseguir monos interdimensionales. En esos instantes, la película coquetea con una visión distinta del superhéroe: torpe, humano, pero motivado por un deseo honesto de hacer el bien.

Sin embargo, a lo largo de dos horas y media, Gunn parece más interesado en responder al pasado de la franquicia que en trazar un futuro. Superman (2025) no es un fracaso total, pero tampoco se siente como un nuevo comienzo. No emociona como debería, no arriesga como prometía y, lo más preocupante, no nos recuerda con claridad por qué este personaje sigue siendo relevante.

También hay una incomodidad ética en cómo se trata el conflicto internacional. Tomar un drama geopolítico tan cercano a realidades actuales para convertirlo en un fondo narrativo sin verdadera reflexión puede sentirse frívolo. No se trata de que el cine de superhéroes deba evitar estos temas, sino de cómo los aborda. Aquí, el tratamiento es superficial, instrumental, y a ratos, incómodo.

En última instancia, Superman (2025) es una película que habla mucho de esperanza, pero la construye poco. Nos muestra a un héroe confundido, a un mundo perdido, y a un guionista-director dividido entre la sátira y la reverencia. Gunn es un autor con voz, pero aquí esa voz suena más como un eco que como una afirmación.

La película tiene momentos encantadores, sin duda, y personajes con potencial. Pero lo que más extrañamos es el corazón. Ese impulso básico que hacía del Superman de Christopher Reeve una figura entrañable o del de Cavill una presencia imponente. Corenswet flota, literalmente, pero no se eleva.

Krypto, el superperro, termina siendo —para bien y para mal— el símbolo más claro del tono de esta película: adorable, caótico, simpático, pero también ruidoso y descontrolado. En un film que a ratos no sabe si es sátira o epopeya, el perro es lo más consistente.

Al final, lo que Superman (2025) deja es una sensación de ligera decepción. No es que no tenga ideas, es que tiene demasiadas y no se detiene a desarrollarlas. Es una película que quiere hacernos reír, reflexionar, emocionarnos y deslumbrarnos, pero no logra quedarse el tiempo suficiente con ninguna emoción. Como si tuviera miedo de ser tomada en serio, o de no ser lo suficientemente graciosa.

CONCLUSIÓN

SUPERMAN de James Gunn llega a los cines este jueves 10 de julio. Puedes ver el tráiler a continuación.

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