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The Bear (Temporada Final) | Análisis

The Bear (Temporada Final) | Análisis

(8/10) – «THE BEAR» NECESITABA UN FINAL PARA REDIMIRSE

La quinta y última temporada de «The Bear» llega con una presión enorme encima, y no solo dentro de la ficción. Christopher Storer y su equipo tenían que cerrar una serie que empezó siendo una de las revelaciones más rotundas de la televisión reciente y que después pasó por dos temporadas donde el entusiasmo inicial empezó a enfriarse, donde las críticas se acumularon y donde mucha gente que amó los primeros episodios empezó a preguntarse si la serie había perdido el hilo. Eso es mucho peso para cargar en una temporada final, y la decisión de reducirlo todo a un único día, ambientado casi exclusivamente dentro del restaurante, es a la vez la respuesta más lógica a ese problema y la apuesta más arriesgada que la serie podría haber hecho en este punto. Porque concentrar todo en un solo servicio de cena significa que no hay escapatoria, no hay episodios de relleno que exploren tramas secundarias durante varias horas, no hay cameos de celebridades que distraigan. O la serie tiene suficiente para sostenerse sola con sus personajes y su cocina, o no la tiene. Y la respuesta, con matices importantes, es que sí la tiene.

Lo primero que se nota en esta temporada es que respira distinto. No hay esa sensación de hinchazón que empezó a notarse en la tercera y cuarta entrega, cuando la serie parecía querer ser más grande de lo que necesitaba ser, cuando los episodios independientes centrados en un solo personaje dejaron de sorprender y empezaron a sentirse como un recurso para estirar el tiempo. Aquí hay ocho episodios, cinco de los cuales no llegan a los treinta minutos, y esa contención se siente casi como una declaración de intenciones. Storer parece haber decidido que la mejor manera de despedirse es recordar por qué la gente se enamoró de esto en primer lugar, que era la cocina, el caos funcional de un restaurante tratando de no hundirse, los personajes tropezando entre sí en espacios demasiado pequeños mientras intentan hacer algo que les importa profundamente. No es una fórmula nueva, es la fórmula original, pero ejecutada con más confianza y con un elenco que a estas alturas conoce a sus personajes de una manera que se nota en cada escena.

El punto de partida de esta temporada es el minuto exacto donde terminó la cuarta: Carmy acaba de anunciar que se va, el tiempo del tío Jimmy se agotó oficialmente y Sydney y Richie se quedan con un restaurante que no saben si pueden salvar ni si tienen el dinero para operarlo. Encima de todo eso, una tormenta brutal descarga sobre Chicago durante todo el día, inundando sótanos, reventando tuberías, destruyendo inventario y funcionando como esa metáfora un poco obvia pero efectiva del estado general de las cosas. La tormenta es quizás el elemento más discutible de la temporada porque hay momentos en que se siente demasiado literal, demasiado subrayada, como si la serie no confiara del todo en que el espectador entienda que las cosas están mal sin que el cielo lo confirme con truenos cada diez minutos. Pero también es verdad que cuando la producción la usa bien, cuando las goteras se convierten en un obstáculo logístico real que el equipo tiene que resolver sobre la marcha, deja de ser solo simbolismo y se convierte en un problema concreto que la gente tiene que manejar, y ahí la serie regresa a lo que mejor sabe hacer.

Ayo Edebiri como Sydney es el corazón de esta temporada de una manera que las anteriores no terminaban de permitir. Siempre fue uno de los personajes más interesantes de la serie, pero durante varios episodios de las temporadas tres y cuatro quedaba relegada a reaccionar a las decisiones de Carmy en lugar de tomar las propias. Aquí, con Carmy en una posición extraña de fantasma que todavía no ha anunciado su salida, Sydney tiene que asumir un liderazgo que quiere pero que también le aterra, y Edebiri navega esa contradicción con una precisión que no se apoya en gestos grandes sino en pequeños momentos donde se ve exactamente lo que le está costando cada decisión. Hay una escena donde tiene que hablar con el equipo antes del servicio y la cámara se queda un segundo más de lo necesario en su cara antes de que empiece a hablar, y en ese segundo se ve todo, el miedo, la determinación, la conciencia de que no puede permitirse que la vean dudar. Es el tipo de actuación que no pide aplausos pero que hace que la historia funcione.

Ebon Moss-Bachrach como Richie sigue siendo uno de los mejores trabajos de actuación en la televisión actual, y esta temporada le da material que está a la altura de lo que puede hacer. Richie es el personaje que más ha cambiado desde el primer episodio, que pasó de ser casi un antagonista a convertirse en el alma emocional de la serie, y en esta última entrega carga con el peso de la memoria de Mikey de una manera que se siente genuina y no manipuladora. Sus monólogos motivacionales, que en otras manos sonarían a discurso de película de superación, los entrega con esa mezcla específica de seriedad total y ligero ridículo que es la marca registrada del personaje. Cuando Richie habla de no buscar la estabilización sino la maximización, suena a algo que podría ser un chiste pero que él se toma completamente en serio, y esa tensión es exactamente lo que hace que el personaje sea tan bueno.

Jeremy Allen White como Carmy tiene una posición complicada en esta temporada porque su personaje está en un limbo narrativo durante buena parte de los episodios. Está ahí pero no está, espera el momento de anunciar su salida pero ese momento nunca llega en el momento correcto, lo cual es verdad tanto dentro de la ficción como en el ritmo de la temporada. Es una decisión de guion que tiene sentido temáticamente, Carmy como figura que ya no pertenece completamente al espacio que construyó, pero que crea algunos tramos donde su presencia se siente un poco fantasmal en el sentido menos interesante de la palabra. Dicho esto, cuando la temporada le da escenas con peso real, White las trabaja con la misma intensidad contenida que hizo que el personaje funcionara desde el principio, y hay un momento en el penúltimo episodio que cierra algo que la serie llevaba construyendo desde la primera temporada y que, sin dar detalles, es exactamente el tipo de cosa que hace que valga la pena haber seguido una serie durante cinco años.

La comida en sí merece un párrafo propio porque la quinta temporada recupera algo que las anteriores habían descuidado un poco, que es filmar la cocina con el amor y la precisión que hicieron que la serie fuera tan distintiva al principio. Cada plato del menú de esta última noche tiene una historia detrás, está conectado a un personaje de una manera específica, y la serie se toma el tiempo de mostrar esas conexiones sin explicarlas demasiado. Marcus preparando algo que tiene que ver con su madre, Tina ejecutando una técnica que aprendió en el lugar menos esperado, Sydney construyendo un menú que es a la vez su voz propia y un homenaje a todo lo que aprendió ahí. Hay secuencias de comida en esta temporada que son las mejores de toda la serie, no solo visualmente sino narrativamente, porque uno entiende exactamente por qué importan mientras las ve.

Donde la temporada tiene sus problemas más visibles es en algunos de sus subtramas periféricas. La historia del tío Jimmy tratando de vender el restaurante mientras Computer y la nueva incorporación Cheese buscan alternativas de financiamiento es necesaria para la trama pero consume tiempo que podría estar mejor usado en la cocina. No es que Oliver Platt haga mal trabajo, al contrario, pero hay episodios donde la serie corta de una secuencia tensa dentro del restaurante a Jimmy en alguna oficina del condado, y el cambio de ritmo se siente brusco. Los hermanos Fak siguen siendo el elemento más divisivo de la serie, y esta temporada no resuelve ese problema, simplemente los mantiene ahí como alivio cómico de resultados variables. Y hay un par de momentos de diálogo donde los personajes explican sus estados emocionales con una claridad que se siente más terapéutica que real, donde la serie se vuelve un poco demasiado consciente de sus propios temas y los enuncia en lugar de dejarlos vivir en las escenas.

La banda sonora de Hans Zimmer, que reemplaza la selección de canciones que fue una parte tan reconocible de las temporadas anteriores, es una apuesta que funciona mejor de lo que uno podría esperar. Hay algo casi paradójico en que una serie indie sobre un restaurante de Chicago tenga a Hans Zimmer componiendo su música de fondo, pero lo que Zimmer entrega no es la épica orquestal que uno asocia con su nombre sino algo más electrónico y nervioso, que refleja la tensión constante del ambiente sin subrayarla en exceso. Extrañar las canciones es inevitable, porque formaban parte de la identidad de la serie, pero la decisión de cerrar con algo más cohesivo musicalmente tiene su lógica y hay momentos donde el score añade una capa de urgencia que los episodios más cortos necesitan para funcionar.

CONCLUSIÓN

The Bear estrena todos los episodios de su temporada final el 25 de junio en exclusiva por Disney+ Latinoamerica. Puedes ver el tráiler a continuación.

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