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Una batalla tras otra (One Battle After Another) | Análisis

(10/10) – UNA PELÍCULA PARA ESTE MOMENTO, LA MEJOR PELÍCULA DEL AÑO

Paul Thomas Anderson regresa con One Battle After Another, una película que confirma su vocación por el exceso como método narrativo y estético. Inspirada libremente en Vineland de Thomas Pynchon, la cinta es un torbellino de sátira política, comedia negra y melodrama familiar que se mueve entre lo carnavalesco y lo íntimo. Desde su arranque, el film anuncia que no busca sutilezas: dos horas y cuarenta minutos de imágenes furiosas que convierten la extralimitación en forma de arte y el caos en su combustible principal.

La primera secuencia establece el tono: un grupo insurgente, los llamados 75 Franceses, irrumpe en un centro de detención de migrantes. Anderson filma la escena con humor ácido y violencia estilizada, mientras la cámara se pasea por las instalaciones como si fueran un escenario de parque temático. Allí aparece Perfidia Beverly Hills, interpretada con intensidad magnética por Teyana Taylor, líder del ataque y figura de convicción radical. Su aparición no solo marca el inicio de la trama, sino también la irrupción de un personaje que debería sostener buena parte del relato, aunque su peso se verá reducido conforme avanza la película.

Bob Ferguson, el compañero de Perfidia, encarnado por Leonardo DiCaprio, introduce desde el principio un tono opuesto. Nervioso, inseguro, casi caricaturesco, su presencia contrasta con la seguridad de ella y anticipa el conflicto entre lo heroico y lo patético que recorrerá toda la historia. En ese mismo espacio surge el antagonista: el coronel Steven Lockjaw, un militar de virilidad grotesca interpretado por Sean Penn. Su obsesión por Perfidia se convertirá en la fuerza que arrastre los acontecimientos durante décadas.

El primer acto es un despliegue de sátira política, acción exagerada y sexualidad explícita. Anderson no teme mezclar persecuciones automovilísticas con escenas de sadomasoquismo, ni discursos revolucionarios con gags de humor absurdo. En este carnaval, la violencia del estado y la rebeldía insurgente parecen formar parte del mismo espectáculo, lo que genera incomodidad pero también fascinación. La película, en este tramo, funciona como una parodia despiadada del presente político estadounidense.

Sin embargo, el guion no se detiene en esa dinámica. Tras la traición de Perfidia y un salto temporal de dieciséis años, la película se reconfigura en clave de drama familiar. Bob, ahora un hombre derrotado y paranoico, vive aislado con su hija adolescente Willa, interpretada con frescura y sensibilidad por Chase Infiniti. La revolución ha quedado atrás y lo que permanece es un padre sobreprotector, marcado por los fantasmas del pasado, incapaz de conectar con los códigos de una juventud que ya no entiende.

Este segundo tramo revela el verdadero núcleo emocional de la película: la relación entre padre e hija. Anderson encuentra en esa intimidad un contrapunto necesario a la histeria política del primer acto. La cámara se detiene en miradas, gestos cotidianos y discusiones domésticas, construyendo un retrato conmovedor sobre el peso de la memoria y el temor a la repetición de los errores. La sátira se apacigua, pero no desaparece: los ecos del pasado regresan cuando Lockjaw reaparece para perseguir a Bob y a Willa, recordándonos que la violencia institucional nunca se extingue, solo cambia de forma.

Leonardo DiCaprio sorprende en un papel que lo muestra vulnerable, ridículo y entrañable al mismo tiempo. Su Bob Ferguson es un revolucionario fracasado, incapaz de recordar consignas, torpe en su paranoia, pero profundamente humano en su amor por su hija. DiCaprio se entrega a un registro exagerado, lleno de gritos y tics físicos, pero logra sostenerlo gracias a una convicción actoral que convierte lo grotesco en conmovedor.

Chase Infiniti, por su parte, se consolida como la gran revelación del film. Su Willa encarna la frescura de una generación que busca romper con el peso de las utopías heredadas. Frente a la desconfianza obsesiva de su padre, ella ofrece independencia y ternura, convirtiéndose en un faro de esperanza en medio de un relato dominado por figuras masculinas deformadas por el poder y la paranoia.

Sean Penn asume el exceso con entusiasmo, componiendo un Lockjaw que es a la vez monstruo y caricatura. Su voz rasposa, su peinado caótico y su violencia desbordada lo convierten en un antagonista temible, aunque por momentos difícil de soportar. Anderson lo filma como una encarnación del poder absurdo: un militar movido por obsesiones personales, por el racismo y por una masculinidad grotesca que raya en lo cómico. El clímax, que lo transforma incluso en un zombi salido del imaginario de Romero, confirma la apuesta del director por llevar la sátira hasta el límite.

La película está sostenida por un diseño audiovisual de gran ambición. La fotografía de Michael Bauman juega con contrastes entre paisajes desolados y encuadres íntimos, subrayando la tensión entre lo colectivo y lo personal. Hay planos memorables, como el del coche atravesando un suburbio iluminado por explosiones, o la mirada de Willa perdida en un bosque que parece contener todos los silencios de la película.

La música de Jonny Greenwood merece un reconocimiento aparte. Su partitura, omnipresente, mezcla guitarras distorsionadas, percusiones asimétricas y melodías melancólicas, acompañando tanto la furia de las secuencias de acción como la fragilidad de los momentos familiares. Greenwood no solo subraya el ritmo frenético, sino que dota al film de una identidad sonora que lo mantiene cohesionado en medio del desorden narrativo.

No obstante, el exceso juega en contra en más de un momento. Las persecuciones se multiplican hasta la saturación, los gags visuales se prolongan y los diálogos caen en la repetición. La apuesta de Anderson por la sobrecarga convierte a la película en una experiencia agotadora, como si quisiera reflejar el caos contemporáneo reproduciéndolo sin filtros en pantalla. La consecuencia es una dispersión que resta fuerza a algunas ideas y que hace que ciertos personajes, como el de Perfidia, se sientan injustamente relegados.

Ese tratamiento de Perfidia es quizá la mayor contradicción del film. Tras un inicio en el que domina la acción con carisma y convicción, su presencia se reduce drásticamente, hasta el punto de parecer secundaria en la resolución del conflicto. Este desplazamiento resulta problemático, pues debilita el peso femenino en una historia que gira en torno al poder, la traición y la resistencia. Anderson, que en sus primeras películas ofreció grandes papeles femeninos, aquí opta por privilegiar el enfrentamiento masculino entre Bob y Lockjaw.

Aun así, la película consigue emocionar en los momentos en que se detiene a observar la relación entre Bob y Willa. Allí emerge un humanismo que atraviesa todo el cine de Anderson: la certeza de que, incluso en el caos, lo que perdura son los vínculos afectivos. Ese núcleo emocional sostiene al film y le otorga una resonancia que trasciende la sátira política.

One Battle After Another es, en definitiva, una obra excesiva, desbordante y a ratos agotadora, pero también profundamente vibrante. Anderson apuesta por el riesgo, por incomodar y saturar, y en ese riesgo encuentra momentos de gran potencia visual y emocional. Puede irritar, puede frustrar, pero nunca deja indiferente.

El resultado es una sátira feroz sobre un país en guerra consigo mismo, un melodrama íntimo disfrazado de farsa grotesca, y una confirmación de que Anderson sigue siendo un director capaz de transformar el exceso en una experiencia cinematográfica única.

CONCLUSIÓN

One Battle After Another llega a los peruanos el 25 de septiembre. Puedes ver el tráile a continuación.

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